El espejo

La segunda película de Jafar Panahi se titula El espejo por un motivo que mi corta inteligencia aún no ha podido colegir. Quizá porque la vi con dos intermezzos de sueño intercalados en el cansancio final del día. Quizá porque es una película aburridísima que uno aprovecha para ir resolviendo las cábalas de su propia vida, entre cabezada y cabezada.  
         El espejo, en un alarde de falta de imaginación, viene a ser la misma película de hace dos días, pero con una mínima variación. Si en El globo blanco salía una niña que perdía su dinero en una alcantarilla, y pedía la ayuda de los transeúntes para rescatarlo, ahora es otra niña quien se pierde camino de casa, al salir del colegio, y consume los noventa minutos de película preguntando direcciones, subiéndose a taxis y bajándose de autobuses. Es en esto, quizá, donde vemos la primera gran diferencia de la cultura iraní respecto a la nuestra. Allí no parece existir una policía uniformada que recoja a los niños perdidos y los lleve a comisaría para llamar a sus padres. A ningún habitante de Teherán se le ocurre esta solución, tan obvia para un espectador occidental. Quizá sean ciudadanos responsables que no delegan en nadie el deber de auxilio. Mejores que nosotros, por tanto, en ese aspecto cívico del comportamiento. Puede ocurrir, también, que en Irán sólo exista la policía secreta, vestida de paisano, y que se ocupe exclusivamente de asuntos trascendentales para el alma, como vigilar que las mujeres lleven bien puesto el hiyab, o que los hombres no profieran blasfemias mientras escuchan el partido de fútbol. Y parecen cumplir su labor con suma eficiencia: ante la cámara oculta de El espejo no se ve, ciertamente, un solo cabello de mujer agitado por el viento, ni a un solo hombre -cuando Irán marca un gol a la perversa Corea del Sur- que exprese su alegría cagándose en algo o mentando a la madre de alguien.



          Otra cosa que hemos aprendido en El espejo es que los iraníes, y las iraníes, cuando cruzan las calles atestadas de tráfico, lo hacen por cualquier sitio. Los pasos de cebra parecen estar de adorno. O quizá es que su uso ha sido condenado por la autoridad religiosa competente. Vaya usted a saber. El caso es que los habitantes de Teherán se juegan el tipo cada vez que cambian de acera. Suicida conducta que los irá diezmando poco a poco antes de entablar la batalla final contra nuestros ejércitos cruzados. También hemos constatado que las mujeres iraníes son tratadas como ganado en los transportes públicos. Como afroamericanos de los Estados del Sur antes de que Rosa Parks se plantara ante las autoridades. Pero este trasiego vergonzoso de mujeres, siendo lo más grave e indignante que uno ha visto en la película, ya era cosa sabida. Por eso la menciono al final, como un simple recordatorio.


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