El globo blanco

Si el calendario maya está en lo cierto, dentro de dos meses y medio quedará clausurado este diario. El diario, y todo lo demás. Ya se puede apostar dinero en internet sobre la gran hecatombe que acabará finalmente con esta humanidad degenerada. Una apuesta que nadie cobrará al día siguiente, por supuesto, y que sólo se hace por el placer de jugar.
Yo, para jugarme los jayeres,  me quedaría con la opinión de los politólogos más cenizos, que hablan de la inminente guerra de Occidente contra Irán, en un Armagedón petrolífero bendecido por ambos dioses monoteístas que sacará los misiles a pasear y acabará, si no con la humanidad entera, si al menos con las civilizaciones organizadas. Un futuro a lo Mad Max, muerto arriba muerto abajo, con Mel Gibson ya viejuno conduciendo los coches destartalados por los parajes desérticos.



Se impone, por tanto, y con cierta premura, la celebración particular de un ciclo de cine iraní. Para ir conociendo la idiosincrasia del enemigo. Sé que dejé dicho en este diario que el cine chino era la filmografía más urgente y educativa del momento, ahora que están a punto de convertirse en los nuevos gallos del corral. Pero me olvidé, con las prisas, y con la tontuna, de que el Armagedón estaba a la vuelta de la esquina. No serán los chinos, pueblo sin dioses coléricos, quienes destruyan el mundo en un arranque de orgullo religioso. Serán los persas, y los evangélicos de la América Profunda, quienes pulsen el botón rojo inspirados por el dedo vengador de los santos espíritus.
Inauguro este ciclo dedicado a la filmografía iraní -que presumo fértil en los sociológico y mortal para el entretenimiento-,  con las películas de Jafar Panahi. Panahi es un mártir de la libertad en el régimen de los ayatolás. Sobre él pesa, en estas mismas fechas de la escritura, una sentencia de seis años de cárcel, y veinte de inhabilitación para seguir rodando películas. Los curas islámicos lo acusan de atentar contra la seguridad nacional, y de hacer propaganda contra el régimen. El nacionalislamismo lo tiene entre ceja y ceja. Sólo por eso ya cuenta con mis simpatías, y por eso le concedo el honor de inaugurar esta retrospectiva.



De su primera película, El globo blanco, no he podido extraer grandes aprendizajes sobre la civilización iraní. Una niña sale de su casa para comprar un pez de colores, pierde el billete en una alcantarilla y busca ayuda entre los transeúntes para recuperarlo. El globo blanco es el retrato minimalista de una simple anécdota. Apenas se ven las calles de Teherán, o salen adultos que digan algo importante, o yihadista. O quizá sí lo dicen, muy artísticamente, muy subliminalmente, y yo no me he enterado. De hecho, busco en internet la opinión de algunos iraniólogos de guardia y descubro, sorprendido, lecturas profundísimas, de sociopolíticas para arriba, sobre el tío con boina que vendía el pez a la niña, o sobre el dueño de la tienda que bajaba la trapa con el gancho. Todo un submundo de pistas, de referencias, de claves. Y uno, como es sabido, no llega a tanto. Sólo me he quedado con la idea, por otra parte ya intuida, de que los niños de Irán, cuando quieren algo, pueden ser tan plastas y tan caprichosos como los niños de Occidente, los de este mi pueblo incluido, abofeteables en ambos carrillos, suertudos supervivientes en un mundo donde ya no reina Herodes.



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