Gordos

Sólo dos años después de haberla visto por primera vez, recupero Gordos por la vía del intercambio consentido entre particulares. Para no perder la costumbre, apenas recordaba nada de sus tramas. Pero esta vez no ha sido culpa de la desmemoria, ni de la borrasca permanente de mi cerebro. Esta vez ha sido el inconsciente quien ha borrado toda huella, toda imagen dolorosa. Porque Gordos, para los exgordos como yo, es una película difícil y dura, apenas dulcificada por los toques de comedia. Ya explicó el bisabuelo Sigmund, allá en su Viena natal, que el inconsciente es el caballero defensor de nuestro castillo, siempre dispuesto a impedir que lo hiriente asalte nuestra cordura.



          Todas las historias de Gordos tienen como protagonista principal a un obeso culpable, a un devorador compulsivo  al que no le queda el consuelo, ni la coartada, de achacar sus males al metabolismo, como hacía nuestro entrañable Homer Simpson. Los que lucimos, o lucíamos, barriguita sobresaliente y papada jabbahuttiana, nos vemos reflejados en la película, y señalados. Los que hemos sufrido el ansia insuperable de cebarnos en una depresión; los que buscamos en el espejo al yo delgado que una vez fuimos; los que notamos en nuestra pareja el gesto o la mirada que reniega de nuestra grasa corporal. “Marrón oscuro casi mierda”: así responde el personaje de Antonio de la Torre cuando le preguntan por el color que mejor le define. Así nos sentimos los gordos sorprendidos en nuestra falta, en nuestra imagen. En nuestro delito. Tan repulsivos, en nuestras horas más bajas de la autoestima, como el gordo cabrón de Austin Powers llamado Gordo Cabrón.




          

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