El topo

Son los primeros días del frío, de las hojas caídas, del sol tamizado. Y como en un guiño de los dioses, me topo con El topo en los canales de pago y aterrizo en una película de espías próximos al geriátrico, de rostros gélidos y otoñales, envueltos en la niebla londinense de las intrigas internacionales.



Esperaba mucho de El topo. Lees ese repartazo con antelación y las ganas de ver la película te aprietan el culo hasta sentir la impaciencia. Luego descubres que el director es Tomas Alfredson, el mismo que firmó la nórdica vampiridad de Déjame entrar, y el júbilo presentido de la obra maestra te hace contar los minutos uno a uno, antes de las diez.  Y es verdad que uno empieza con ganas, y aplaude con entusiasmo las apariciones estelares. Pero poco a poco empiezo a perderme en la trama. Al principio en detalles, en personajes secundarios. Luego, hacia la mitad de la película, en asuntos ya mayores, de personajes con más chicha. El enigma central del topo permanece, por fortuna, incólume a mi despiste, porque uno, que fue muy aficionado al género en tiempos, y que leyó con atención a John Le Carré,  ya conoce la historia verídica de Kim Philby. Pero es imposible evitar la pequeña decepción. La íntima desesperación de quien no termina de disfrutar con la velada. Es una buena película, El topo, pero está muy lejos de ser la obra maestra que mi sexto sentido, esta vez decimoctavo, decía presentir. Son los cuarenta años. Los cuarenta putos años que van esclerotizando mis entendimientos. Hace diez o quince primaveras estas cosas no me pasaban. Se me fue el pensamiento ágil e incisivo al mismo vertedero donde yacen las erecciones instantáneas, los flechazos cotidianos, los goles de Raúl aplaudidos con un entusiasmo ridículo de adulto infantilizado...

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