13 asesinos

El cine japonés vive lastrado por la uniformidad fisonómica de sus actores. Uno entendería mejor sus películas si una horda de rubios con ojos azules hubiese conquistado las islas hace siglos, entrecruzando sus genes con las geishas complacientes de ojos rasgados. En sus películas saldrían ahora personajes discernibles y variopintos. Habría tipos altos y bajos, morenos y castaños, japoneses de ojos entrecerrados como ranuras de buzón y otros de ojazos abiertos como platos, al estilo de Oliver y Benji. A los diez minutos ya sabríamos quién es quién en el revoltijo de las peleas y las tramas. Pero la historia de Japón es la que es, y el espectador occidental, acostumbrado a las variaciones fenotípicas de su entorno, se pierde irremediablemente entre las fotocopias repetidas del mismo fulano. Como clones de un Jango Fett primigenio del Hokkaido. Todos hablan, además, del mismo modo, indistinguibles en el timbre, como si la invarianza genética que uniformiza los rostros también se extendiera a las cuerdas vocales. Todos parecen Toshiro Mifune repetido en un eco. 



          Es por eso que uno, sin quererlo, minusvalora películas como esta de 13 asesinos, en la que tardo más de media hora en distinguir a los samuráis que luchan por el bien de los que confabulan maldades en la oscuridad. Porque además de parecer idénticos y de hablar con voces parecidas, todos, los buenos y los malos,  llevan la misma tonsura frontal rematada en la coleta que supongo ritual, y no torera, ni metroséxica. Un lío del copón que sólo en la batallísima final queda resuelto, pues los malos, además de llevar un gorrito identificativo que es muy de agradecer, caen a tres por mandoble, tan torpicos ellos, mientras que los samuráis buenos aguantan veinte estocadas mortales antes de morder el polvo, en heroicos y trágicos estoicismos.



            No tiene mala pinta este director, Takashi Miike. Uno querría adentrarse algo más en su filmografía, por curiosidad, por expectativas, por salirse de vez en cuando de los caminos trillados. Pero descubro en internet que es un hiperactivo de tomo y lomo, un obsesivo compulsivo de la filmación. Tres o cuatro películas se casca cada año el bueno de Takashi. Y a uno, ante tamaña avalancha de títulos, se le caen las ganas al suelo, de sopetón. Habría que ponerse la gorra de Sherlock Holmes y averiguar, pacientemente, cuales merecen la pena y cuáles no, en una investigación que quizá llevara más tiempo que la propia visión, pantagruélica e inabordable, de la filmografía completa. Se coja por donde se coja, es un despropósito.



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