Papá está en viaje de negocios

Miki Manojlovic. Ése es el nombre que me ha soplado IMDB. Ése es el actor que hace unas semanas conocí haciendo de abuelete obsesionado con el backgammon en El mundo es grande y tal y tal, y que hoy, en un salto temporal de veintiséis años, volando de la Bulgaria postcomunista a la Yugoslavia disidente de Tito, he vuelto a encontrar en Papá está en viaje de negocios. Su papel viene a ser el mismo: el de un ciudadano simpaticote y bonachón, amante de la buena vida y de las mujeres guapas, que en la gris opresión de la dictadura recibe más castigos que un recluta en el cuartel, por deslenguado, e inoportuno. 



            Papá está en viaje de negocios ha resultado ser, a pesar de mis recelos iniciales, una entretenida película de Kusturica, alejada de esas cosas barrocas que vi de él en los lejanos tiempos de mi cinefilia militante, como Underground, o Gato negro, gato blanco. Le tenía gato, sí, a Kusturica. Pero aquí se apunta un tanto con una película sencilla, de personajes que piensan y razonan y no se pasan la película pegando botes y tocando instrumentos sin ton ni son. Le pasa, al serbio, lo mismo que les pasaba a esos cineastas tan apaleados en este diario, como Buñuel, como Saura, como Fellini, que cuando bajaban a la tierra y contaban cosas inteligibles, alumbraban grandísimas películas, obras maestras intemporales, pero que cuando se les metía una paranoia en la cabeza, o visitaban a su psicoanalista porque no habían dormido lo suficiente, filmaban películas que sólo ellos, ni siquiera sus más allegados, podían entender.



            Lo extraño de Papá está en viaje de negocios es que se rodara en Sarajevo y se estrenara en los cines yugoslavos allá por 1985. Aunque Tito llevara muerto alrededor de un lustro, Yugoslavia, oficialmente, seguía siendo un país comunista. Sin embargo, la película es crítica, corrosiva, muy poco complaciente con el pasado. Si hacemos caso de lo que cuenta Kusturica, bastaba con no reírse de un chiste que ridiculizaba a Stalin, en aquellos tiempos en que Stalin y Tito eran archienemigos declarados, para ser deportado sin miramientos a los campos de trabajo. Supongo que quienes sucedieron a Tito en el poder no simpatizaban mucho con el viejete. Supongo, también, que quisieron aprovechar la película para hacerse pasar por liberales y modernos ante el mundo occidental. No sé. Habría que tener nociones más profundas de la política yugoslava en los años ochenta, pero uno, naturalmente, no llega a tanto. Busco cuatro o cinco referencias en internet y rápidamente me canso de no saber. Es lo que tienen las películas de países lejanos, e incluso extintos: que uno ve, por ejemplo, Papá está en viaje de negocios, y no sabe bien hasta donde llega la crítica o la chanza de Kusturica. ¿Se pasa, o no llega? La sensación de estar perdiéndote malevolencias y dobles sentidos te asalta en cada escena. Cualquiera que conozca medianamente la historia de España, ve El verdugo y sabe bien dónde están escondidos los dardos venenosos. Luego ve La escopeta nacional, rodada ya en plena Transición, y nota que los dardos son más numerosos, y más grandes. Entendemos de lo nuestro porque lo hemos vivido, o porque lo hemos estudiado en el cole ¿Pero qué sabemos, los españolitos de a pie, por mucha pre-LOGSE que nos hicieran estudiar, de los equilibrios sociales que regían allá en los Balcanes hace tres décadas? 



            Y es que las películas, pasados unos años, se convierten inevitablemente en documentales. Pero en documentales que rara vez explican, que pocas veces resultan didácticos, porque van directamente a los hechos que el espectador de la época da por sabidos, y que luego, nosotros, los visitantes del futuro, hemos de aprender por nuestra cuenta, si queremos enjuiciarlas con criterio. También hay que tener una culturilla, o al menos un afán por saber, si uno quiere ser cinéfilo de pro.

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