Tournée

Después de quitarse la escafandra y de ahuyentar a la mariposa, Mathieu Amalric dirige y protagoniza esta película llamada Tournée. Él es Joachim, un empresario teatral que regresa a Francia para dirigir una compañía de cabareteras, americanas y gordas, que tratan de levantar el moribundo arte del burlesque. Ya saben: al despelote artístico sobre un escenario, con parodias y extravagancias subidas de tono. Joaquim aprovecha el retorno a su país para tratar viejos asuntos con los amigos, con los hijos, con los empresarios que no quieren alquilar sus salas a estas mujeres con grandes tetas. 



            Tournée me deja mal sabor de boca no porque sea mala, sino porque asisto a las desventuras con la sensación, continua y molesta, de estar perdiéndome algo muy sutil, y muy genuino. Intuyo, en todo momento, que Amalric trata de contarme algo muy personal y profundo sobre sí mismo. Y sobre mí mismo, también. Algo que tiene que ver con el fracaso de los sueños, con la vergonzosa dimisión de las responsabilidades, con la supervivencia cutre de quien ha de conformarse con lo puesto. Pero no logro descodificar su lenguaje. Me pierdo en varias conversaciones, en varios paréntesis del guión. He visto Tournée a la hora de la siesta, y no me he quedado dormido. Un elogio así no se lo regalo a cualquier película. Y sin embargo, me queda el desasosiego de no haber entendido la moraleja. Me pudre el resquemor de una mala tarde de cine, pero no con Mathieu Amalric, el pobre, que se lo ha currado de lo lindo, sino conmigo mismo, una vez más, espectador de los estúpidos, antipoético y superficial, con el intelecto arruinado en el fácil mundo de los blockbusters.


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