Frasier. La crisis de los 40

El tiempo de mi vida sigue dando pasos de gigante. Ya tengo la misma edad que tenía Frasier Crane cuando trasladó sus bártulos a Seattle para trabajar en la radio. En el episodio de hoy, nuestro héroe conoce a la dependienta de una selecta tienda de ropa que parece tirarle los tejos. Ella tiene a lo sumo veinticinco años, y Frasier duda de la sinceridad de sus requiebros. Ella es simpática, y hermosa.  ¿Será amor a primera vista, inesperado y luminoso? ¿O será, solamente, el encanto calculado de quien vive a comisión de lo que vende? Frasier consulta a las amistades, a los familiares. Podría ser tu hija, le dicen. Cuarenta y un años… 



        Cuarenta y un años...
Hace mucho, mucho tiempo, en una galaxia muy lejana, cuando yo veía Frasier por primera vez en el Canal +, él era un señor mayor acuciado por los problemas de los mayores.  Un tipo calvorota, neurótico, con papada. Que dormía mal. Que vigilaba la dieta. Que contaba los cafés. Aterrado ante el declive. Transparente a la mirada de las chicas preciosas. Instalado en la cuesta abajo de la vida, como Rachel, Rachel, la maestra, como Louie el cuarentón, como yo, ahora, el Rodríguez del Noroeste, que lo vuelvo a ver en la tele y me reconozco en todas sus cuitas, coetáneos ya gracias a la magia de los DVDs y de las reposiciones.  Ahora sí que podría tomarme un café con Frasier Crane en el Nervosa, y compartir sus temores, y sus chaladuras...


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