El mundo según Barney

Lo malo de esta vida consagrada a las películas es que hay que cribar mucha arena, y mucha piedra gorda, para encontrar la pepita de oro que justifique las horas desperdiciadas. Todas las pasiones viven subordinadas a ésta del cine. Más allá del trabajo insoslayable que me da de comer, y de los reclamos biológicos que vocea la sangre, las películas son el eje que marca la agenda del día. Pero luego, a la hora de la verdad, el cine es un amante muy cicatero. Le entregas tu vida por entero y sólo recibes unas pocas emociones verdaderas. Años y años calentando los sillones y los sofás para experimentar lo sublime en apenas una veintena de momentos. Sin saber muy bien cómo, dejamos de disfrutar con aquello que nació como una afición, como un divertimento que rellenaba las horas muertas. Nos hemos convertido, poco a poco, en amargados del cine. En cinéfilos.


      
               Hay veces que uno se descubre pensando en tirar la toalla. Cambiar esta vida de los salones oscuros por otra que necesite, al menos, una bombilla encendida, para retomar la lectura, o profundizar en el ajedrez, o escribir la gran novela española del siglo XXI.  Cualquier cosa menos seguir viendo películas ingratas. Es un pensamiento muy oscuro, y muy real, que te aborda en las horas más aciagas del televisor, defraudado ya de lo malo, de lo horroroso, de lo simplemente entretenido. Te pones muy cerca del abismo, decidido a pegar el salto. Pero en el último momento, como en las vidas de ficción, siempre aparece la película salvadora. Una película como El mundo según Barney, que empiezas a ver desmadejado en el sofá, en una tarde soporífera de domingo, contando las horas que faltan para que llegue el fútbol, llevado tan solo por el instinto, por Paul Giamatti, por ninguna razón de peso en realidad, y que de repente, al cuarto de hora, ya no es una película, sino otra aventura de ti mismo, real y palpable, en la que estás vivo en dos universos a la vez, a este lado del televisor y en el otro, en una experiencia mística que sólo los grandes drogatas, y los chalados sin remedio, pueden alcanzar fuera de la cinefilia perseverante, y bendita.


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