El milagro de Ana Sullivan

Siguiendo los caminos inexcrutables que marcan los dioses del cine, me topo, sin pretenderlo, con una de las pocas películas que trata las cosas de mi oficio. Cuando entré en El milagro de Ana Sullivan yo iba en persecución de Anne Bancroft, actriz de los tiempos pretéritos que me había seducido en El graduado. Había algo muy verdadero en aquella interpretación de mujer madura que rezumaba cinismo y amargura. Algo que merecía la pena ser indagado.



            Lejos estaba yo de saber que Ana, haciendo de Anne, iba a robarme dos horas de mis vacaciones  para devolverme, aunque sólo fuera mentalmente, al trabajo que me da de comer. Porque ver a Ana Sullivan enseñándole maneras a ese ciclón de la naturaleza que era la niña Hellen Keller (ciega, sorda, ingobernable), me ha recordado al yo mismo que  trabaja con sujetos parecidos, aunque aquí no existan los milagros, ni suenen músicas floridas acompañando los momentos de conexión. Ni, por supuesto, suenen fanfarrias celestiales cuando el alumno aprende algo o comprende una instrucción. Nuestro oficio, a este lado de la pantalla, transcurre sin una banda sonora que subraye los éxitos y los fracasos.



            Es un subgénero muy poco trabajado en el cine, éste de la educación de niños con graves minusvalías. El pequeño salvaje, de Truffaut, es quizá la obra más conocida y recurrente, supongo que porque es, precisamente, de Truffaut, y porque es además un acercamiento notable e ilustrativo. Lo raro es que uno, que se pasa media vida en el colegio de educación especial, y luego la otra media viendo películas, nunca hubiera oído hablar de El milagro de Ana Sullivan, que es la intersección natural de ambos caminos. Es como si un cinéfilo aficionado a la doma de caballos jamás hubiese oído hablar de El hombre que susurraba a los caballos. Tuve que enamoriscarme de Anne Bancroft para encontrar este secreto tan bien escondido de mi oficio. El sexo, una vez más, como motor del mundo, y de mis cosas. 



    El milagro de Ana Sullivan no es, precisamente, una película complaciente. Plantea muchas cuestiones incómodas en su tortuoso discurrir. Para el espectador moderno no es agradable presenciar la -vamos a llama- metodología antigua que se gasta la señorita Sullivan. Hay milagro, sí, y hasta campanas de gloria al final de la película, pero es un milagro que se suda y se pelea en cada escena. Para los padres de niños problemáticos, Anne Sullivan es un personaje molesto, que suelta verdades tan honestas como hirientes. Para el profesional del oficio, El milagro de Ana Sullivan es el reverso oscuro de la terapia. No se puede citar como ejemplo didáctico, ni se puede proyectar en las escuelas de formación. No se puede confesar, casi, que uno la ha visto. Y si se confiesa tal cosa, hay que hacerlo con el único propósito de denunciarla. Como hacían los censores con las películas subiditas de tono.



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