Los hombres que no amaban a las mujeres

Termino de ver Los hombres que no amaban a las mujeres en versión Fincher, y la misma pregunta que rondaba mi cabeza cuando vi la versión sueca, o cuando leí las novelas, se ha presentado de nuevo con su ágil y pertinaz aleteo, aplazando los debates estériles sobre la pertinencia de las versiones: ¿sería usted capaz de enrollarse con una mujer como Lisbeth Salander? 


       Imagine que usted recala en Estocolmo en el transcurso de un idílico crucero compartido con su  esposa, y con su insoportable suegra. Usted, harto de oír sus quejas sobre el frío, o sobre la calidad mejorable del servicio, la deja en el barco y se lanza a recorrer las nórdicas calles en solitario. Cabizbajo, comprende que su vida allá en la provincia española es un timo de mucho cuidado. ¿Quién le devolverá, ya fofo e inerecto, el esplendor en la hierba, la gloria en las flores? No es usted viejo, ni mucho menos, apenas cuarenta y pocos años mal llevados. Pero ya parece un muerto en vida. De pronto, al doblar una esquina, usted la ve, a Lisbeth, la heroína de las novelas de Stieg Larsson,  la chica listísima de la cerilla y el bidón de gasolina. Qué casualidad. Estocolmo debe de ser un pañuelo, como todas las ciudades. Pero no tiene tiempo para discurrir nada más, porque ella está tirada en el suelo, gritando ayuda en un idioma sueco que usted entiende a la perfección, porque lleva años estudiándolo en la clandestinidad de su habitación, soñando con una sueca rubísima que le pide ayuda con una sombrilla, o con un bronceador. A Lisbeth le sangra la nariz, y la boca, y un tipo con cara de bestia que está a horcajadas sobre ella intenta abrir nuevas vías de escape a la sangre. Le está soltando unos buenos mamporros con el revés de la mano, mientras con la otra trata de desplegar una navaja diríase albaceteña de no estar tan lejos de La Mancha. ¿Una matón pagado por la familia  Wennerström? ¿Tal vez el hijo del abogado Bjurman, igual de pirado que su padre ¿Una reyerta entre hackers informáticos?¿El marido ofendido de una esposa secretamente bollera? Quién sabe. Ya sabemos que Lisbeth es un terremoto andante, que causa estragos en cualquier lugar donde pone sus pequeños pies. Usted duda unos instantes antes de acudir en su ayuda, pero Lisbeth, aunque sea morena, y una punky, y una excéntrica, ¡es una sueca! Es la oportunidad que usted llevaba tantos años esperando. Y sólo hay un viandante en la calle para salvarla.


       Minutos más tarde será la propia Lisbeth quien le cuente, en una cafetería pulcrísima de las cercanías, cómo usted apareció de la nada como una exhalación: cómo se lanzó sobre el tipo, cómo le soltó un iniéstico puntapié, cómo se abalanzó sobre la navaja caída y la esgrimió ante su jeta con la cara de mala hostia de un bandolero de la Sierra Morena. Usted no recuerda nada, pues fue poseído por el demonio poderoso y amnésico que se encarga de fabricar a los héroes. Pero la cree a pies juntillas. Es una mujer fascinante, en la distancia corta. Irradia magnetismo y sensualidad. Mientras ella trata de contarle quién era el cabronazo que la atosigaba, usted ya vuela muy lejos del incidente.  Siente que el vello de las piernas se le eriza, que las dendritas mustias del pene reciben señales que llevaban años silenciadas.  Usted se está enamorando de Lisbeth. Y de pronto, una chispa salta de sus ojazos negros y maquillados. Apenas un destello, pero inequívoco. Usted lo ha visto en miles de películas, y sabe muy bien de qué se trata. Lisbeth también se está enamorando de usted. Al fin y al cabo, es el caballero español que acaba de salvarle la vida. Tal vez sólo quiera agradecerle el gesto en la intimidad de su cama, en un revolcón intensísimo pero único. O tal vez se esté enamorando como una colegiala, como una tonta, destrozado su gótico y pintarrajeado corazón. Quizá ya está anticipando el futuro aspecto de sus hijos, hispano suecos, o sueco hispanos, uno rubio y otro moreno, como Zipi y Zape, como Zippilsson y Zappelssen, los hermanos García Salander. 


      Y usted, aunque enamorado hasta las cachas, duda por un momento. ¿Qué aportaría a mi vida una mujer así? ¿Inteligente? Como ninguna. ¿Adinerada? Después del palo que le pegó al señor Wennerström, pocas habrá con tanta pasta ¿Hermosa? Todos sabemos que bajo los piercings y las chupas de cuero se esconde una mujer tan guapa como Noomi Rapace, o como Rooney Mara, de rostros como ángeles y cuerpos como adolescentes. ¿Lesbiana? Aquí ya todos somos liberales, y europeos, y al primero que no le ponga una lesbiana que levante la mano. ¿Loca? Como una puta cabra, sí. Como todo el mundo. ¿Y los infinitos problemas que le causará su vida desordenada, su grupo de amistades, su predilección por el filo de la navaja?  Usted piensa en la alternativa, en el barco anclado en el puerto, en su señora quejándose de su tardanza, en su suegra poniéndole a parir con ese tonillo de alfiler malévolo. Usted piensa en la vida que le aguarda en la provincia, allá para septiembre. Y ante tal visión aterradora de la patria, usted da el paso. Con una mano coge las finísimas muñecas de Lisbeth, y con la otra, decidido como un don Juan de España, le ciñe suavemente el cuello por detrás y empuja su cabeza contra la suya, la boca hispana contra la boca suecosérrima. Lisbeth duda, una décima de segundo, y luego cede. Su boca sabe a tabaco y a mermelada. Es la nueva fragancia que inundará su vida. 




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