El mundo es grande y la felicidad está a la vuelta de la esquina

Y aquí está, por fin, la primera película búlgara de mi vida. Se hizo de rogar, pero cuando llegó, lo hizo con el título más largo imaginable: El mundo es grande y la felicidad está a la vuelta de la esquina. Frase que pretende ser un canto a la vida, un acicate a nuestra lánguida voluntad, y que esconde algo de verdad y mucho de mentira. Que el mundo sea grande es asunto relativo y de mucha discusión, como bien saben los que viajan a Moscú y se encuentran al vecino del quinto en la Plaza Roja. Y que la felicidad esté a la vuelta de la esquina, siendo muchas veces verdad, nada dice de la posibilidad real, casi siempre nula, de alcanzarla. Ahí está, sin ir más lejos, el despacho de quinielas que nunca me hace rico, o la rubia preciosa cuyo asentimiento me haría un hombre feliz. Ahí están, tan cerca, y tan lejos…


       Ahora que ya no hay tanques soviéticos rondando por sus calles, los países del Este aprovechan sus películas  para soltarle unos palos al comunismo. Ahí están los extintos alemanes repúblico-democráticos, con Good bye, Lenin o La vida de los otros, o los polacos, con Katyn, o Popieluzsko, tan grata esta última a nuestra ultraderecha católica. Los rumanos dejaron testimonio de los grises tiempos de Ceaucescu con 4 meses, 3 semanas y 2 días, y los checos, pioneros en la denuncia, ya habían protestado lo suyo en Kolya, o en La insoportable levedad del ser, aunque esta última la pagaran los americanos, y saliera en ella la belleza divina de una francesa muy chic. Eso sí: tuvieron que ser los mismísimos rusos quienes gracias a Nikita Mijalkov filmaran la crítica más demoledora contra el sistema soviético, la más honda, la más poética, la que es distinta a todas las demás: Quemado por el sol.


       Del cine búlgaro, en cambio -como del húngaro, o del eslovaco- nada sabíamos hasta la fecha de sus pleitos con el pasado. Y poco, muy poco, de la propia Bulgaria. Que su capital es Sofía, que su idioma es el búlgaro, y que sus servicios secretos -¡comunistas!- estuvieron implicados en el atentado de Alí Agca contra Juan Pablo II. También que en tiempos los búlgaros fueron romanos, luego otomanos y más tarde -pero que muy tarde- europeos. ¿Búlgaros famosos?: Stoichkov, claro, y Berbatov, que casi le joroba la Novena al Madrid cuando jugaba en el Bayer Leverkusen. Y a partir de ahí un caótico collage de halteras bigotudos, sudorosos luchadores y preciosas gimnastas contorsionándose con aros y pelotas. Poco más.
       Por eso, porque somos muy ignorantes, se agradecen las películas que vienene de países tan ignotos, ya que además de una historia que nos conmueva, nos traen noticias de cómo son sus gentes: qué comen, a qué juegan, cuán bellas o feas son las mujeres que pasean por sus calles. De El mundo es grande y tal y tal, yo, la verdad, he sacado poca cosa. Ni una aventura que me conmueva -tan llena como está de clichés lacrimógenos- ni mucha información sobre cómo son nuestros euroamigos de Bulgaria. He aprendido, eso sí, que allí juegan mucho al backgammon. A todas horas. Que el backgammon, más que un juego, es una metáfora nacional de la vida. Que los abuelos regalan a sus nietos un tablero de backgammon como ritual de entrada al mundo de los adultos. Que el backgammon tienen pinta de ser un estrujamentes de mucho cuidado. Y cosas así. Porque sucede que una mitad de la película transcurre en Alemania, de cuya fauna y flora ya lo sabíamos casi todo, y la otra mitad en una taberna de la Bulgaria rural, que lo mismo podría ser el bar Paco de Villamulas del Peral, con su tabernero, sus parroquianos, sus mesas de formica. Floja como película, escasa como documental. La olvidaré, muy pronto.

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