Generation Kill

Entre deporte y deporte de los Juegos Olímpicos voy viendo, a trancas y barrancas, los capítulos de Generation Kill, la aclamadísima serie de David Simon que llevaba meses buscándose el hueco. Generation Kill pretende ser el trasunto de Hermanos de Sangre en la guerra de Irak, y a ratos lo consigue, porque la producción es cojonuda y la guerra en sí, tan estúpida y tan reciente, cuenta con el marco incomparable de los desiertos y del armamento moderno. Una mezcla inverosímil y sugestiva de Lawrence de Arabia con Starship Troopers
          Uno, a regañadientes, va reconociendo con el paso de los capítulos que esta vez David Simon no ha dado en la diana. Y es un misterio, si uno lo analiza fríamente, porque algunos episodios bélicos no desmerecen el balaceo ejemplar de Black Hawk derribado, y algunas reflexiones soldadescas confirman el espíritu más crítico de la América contestataria. El mensaje antibélico de David Simon y sus compinches es demoledor, faltaría más, pero muestran, al mismo tiempo, una simpatía explícita por estos matones que viajan en los Humvees disparando a todo lo que se mueve, como si quisieran subrayar la estupidez de los altos mandos contrastándola con el buen rollo del soldado combatiente, valeroso y solidario, víctima y verdugo al mismo tiempo de una guerra innoble. Es un recurso muy simple, y muy falso, que pocos espectadores terminan por creerse, y que va dejando, lentamente, un poso de decepción en el entusiasmo inicial que nos animaba.
            

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