Quiero ser libre

Por la noche, persiguiendo la primorosa juventud de Sissy Spacek, me topo con Quiero ser libre, acertadísima traducción de Coal’s miner daughter, la hija del minero. Lo de juventud es un decir, claro, pues ya eran treinta y una las delicadas primaveras que adornaban la belleza de Sissy. Aunque a decir verdad, Sissy, por aquella época, no cumplía años. Los iba guardando en el armario para ponérselos más tarde, cuando tuviera ocasión. Aquí, en Quiero ser libre, empieza encarnando a una niña de catorce años y uno, si no conociera de antemano a la Spacek, aún podría preguntarse si esa actriz no era demasiado joven para el papel.  



            Fue al llegar al medio siglo cuando Sissy, de golpe y porrazo, cumplió todos los años que no había estrenado. Se me hizo vieja de repente cuando la vi en Una historia verdadera, en una tarde de cine sombría y de mal recuerdo. Me quedé mudo de la impresión. Todavía era una dama guapísima, y estilosa, la misma pelirroja encantadora de facciones aniñadas. Pero ya no era Sissy: era, por fin, Elizabeth, la mujer de tronío, la actriz veterana, la señora mayor de la película.  El momento que yo tanto había temido llegó en un bofetón doloroso y sorpresivo. Había mantenido su edad en suspenso desde los veinticuatro años, desde que nació al mundo como una virgen de Botticelli en Malas Tierras. Veintiséis años flotó entre nosotros como un milagro de la hermosura inmortal.


            Sissy está guapa, guapa a rabiar, en esta película sobre la hija del minero que llegó a ser estrella de la música country. Sólo su belleza incomparable, y el jeto intransferible de Tommy Lee Jones, sostienen el interés en esta película ñoñosa y ya algo olvidada. Pero nunca, nunca, estuvo Sissy más guapa que en The river, película que rodaría cuatro años más tarde al lado del australopiteco australiano llamado Mel. Dicen mis recuerdos que fue aquí, en la granja de la familia Garvey, cuando me enamoré perdidamente de ella. Tal vez. La recuerdo vestida de granjera, sucia de barro, sudorosa de trabajo, bella flor surgida entre las piaras y las coles. Pero de mis recuerdos es mejor no fiarse. Es muy posible que la amara de antes, o que empezara a amarla después. O incluso, como sostenía Platón, que ya la amase desde siempre, como un impulso inscrito en mi nacimiento, como un mandato genético, como una fijación previa que la buscaba desde la noche de los tiempos…


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