El cielo gira


Veo, en La 2, que en tiempos fue la universidad mía de la carrera cinéfila, de cuando vivía con mis padres y la tele de pago era un imposible tecnológico y monetario, el aclamado documental patrio El cielo gira.
La documentalista Mercedes Álvarez, que sigue los pasos rurales del inefable José Luis Guerín, regresa al pueblo soriano donde nació, Aldealseñor, para retratar la decadencia que amenaza con borrarlo primero del censo y luego del mapa. Se podría haber titulado el documental así, Aldealseñor, del mismo modo que Guerín, en un alarde de simplicidad, llamó al suyo sobre Innisfree, Innisfree. Pero los topónimos castellanos no poseen la misma resonancia que los británicos, o que los franceses, aunque todos vengan a decir más o menos lo mismo sobre los valles y los caminos. Mistertown, en traducción libre, hubiese sonado mucho mejor. Pero Aldealseñor, así, a palo saco, con sus paleticos con boina y sus mujericas con mandil, no habría sacado un duro en las salas de cine. En cambio, con este título que le pusieron al final, El cielo gira, tan poético y tan sujeto a interpretaciones, uno se deja llevar al huerto de secano con la esperanza de pasar un buen rato y extraer unas cuantas reflexiones. Aunque luego, realmente, la cosa no pasa de ser un documento curioso que los lugareños aprovechan para contar sus cuitas y divagar sobre lo divino y lo humano, con esa letanía de los pueblos que uno nunca sabe si es sabiduría milenaria, o estulticia revestida de gramática rancia.


       De todos modos, hay en El cielo gira diez minutos que te despiertan la admiración y te sacuden de encima la modorra. Esos en los que el pintor Pello Azketa, ya medio ciego, planifica y ejecuta ante nuestros ojos el lienzo sobre el que plasmará la dureza cromática de estos páramos sorianos. Uno queda pasmado ante el arte inalcanzable de quien va ordenando sus esquemas y sus colores en el recogimiento de su estudio. Imposible no recordar a Antonio López en El sol del membrillo, enfrascado en aquella tarea imposible de captar la luz del sol reflejada en los frutos cada vez más grandes y caídos. Una experiencia que sólo los espíritus muy organizados -por comprensión- y los muy desorganizados -por envidia- fuimos capaces de soportar desde el minuto uno al ciento y muchos, en una experiencia cinematográfica irrepetible, intraducible, que aquí, en  El cielo gira, porque ése no es el tema, se nos condensa en un ratejo memorable por el que ya merece la pena (es un decir) pagar la entrada.


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