Los Roper y el ratatouille

Hoy he recibido en el correo electrónico una oferta comercial para comprar DVDs. Curioseo entre las series de televisión y me topo con Los Roper, vetusta comedia británica que recuerdo haber visto de niño, de muy niño, en la prehistoria de las sitcom anglosajonas, que en mi casa siempre salían en blanco y negro porque no había dinero para comprar una Telefunken Pal Color, las cosas como son. 


       Veo en la carátula de Los Roper a ese matrimonio de cincuentones revenidos y recuerdo, no sé por qué, en una proeza inusitada de mi memoria, que la mujer se llamaba Mildred y el marido George, aunque tengan toda la pinta de llamarse Concha y Mariano, pues parecen salidos de una viñeta de Forges, ella con pinta de lista algo estúpida y él con pinta de calzonazos algo corto. Recuerdo que ella, Mildred –o más bien su dobladora al castellano- siempre lo llamaba Yoooors, con tono despectivo, estirando las oes como una maruja marimandona. Son recuerdos que surgen nítidos, de un disco duro que hasta ahora no creía conservar. Los Roper... Recuerdo el salón de mi casa en León, la vieja televisión Philips en blanco y negro, el sillón donde siempre me arrellanaba para que la ficción me curase de los primeros contratiempos. Recuerdo a mi madre con el mandil, o con la escoba, o con el trapo del polvo, haciendo una pausa en el trajín para reírse con las picardías y los dobles sentidos que a mí se me escapaban. La carátula de Los Roper me está llevando a la infancia como el ratatouille de Remy devolvió a Anton Ego a la suya. Estos dos mentecatos británicos esconden el misterio de unos chistes que ya estoy deseando recuperar, por curiosidad, por sensiblería, también porque soy un obsesivo al que le tocan mucho las narices estas provocaciones del recuerdo.  


       Luego, por la noche, en el escaso tiempo robado a la Eurocopa de fútbol, veré el primer episodio de Los Roper. Pero tomado al abordaje, en una razzia improvisada que durará hasta que lleguen los discos físicos y muy legales.  Los Roper empiezan con la cortinilla inolvidable de la productora Thames. La misma que daba pie, -¡oh, dioses del recuerdo, cuán activos os mostráis!- a Benny Hill, quizá mi primer héroe del chiste guarro, mi primer bufón idolatrado al que siguieron tantos otros, más zafios incluso, pero no siempre mejores. Me he reído mucho con Los Roper, no a carcajadas, no a mandíbula batiente, pero sí con gusto.  Los Roper tocan tres temas que nunca pasarán de moda, siempre vigentes e irremediables, aunque cambien los peinados o los teléfonos:  el clasismo, la guerra de los sexos y las malas relaciones con los vecinos. Con esos argumentos sosteniendo la trama, un guionista de inteligencia mediana no puede fallar. Jamás.


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