Martín (Hache)

Me enfrento a la estantería, recorro los títulos con el dedo índice -juez supremo de mis apetencias- y me topo con Martín (Hache). La película de Aristarain es la primera que me suelta el bofetón del olvido, el afán de la recuperación. No es estrictamente española, sino semiargentina, pero no voy a cercenar mi proyecto revisionista al primer contratiempo. Antes de colocarla en la bandeja del DVD ya sé que es una grandísima película. Lo que no recuerdo es porqué. Y me duele, y me toca las narices, porque Aristarain es uno de mis profesores de la vida.
Dos horas después, medio lloroso y medio vapuleado, no alcanzo a entender cómo se me pudo ir de la cabeza una obra maestra como ésta, que suelta verdades a chorros. Donde sale el hijo inteligente y libre que todos quisiéramos tener, ahora que los viejos espectadores ya somos padres; donde también sale el padre sapientísimo y cultivado que todos quisimos tener, allá en los desvaríos de la adolescencia; y también, inmenso Eusebio Poncela, el amigo fiel y generoso que rara vez se encuentra en la jungla de los humanos. Martín (Hache) es un catálogo selecto de las mejores personas que yo quisiera conocer. Tipos malhablados, libertinos, ilustrados… Habitantes futuros del infierno. Compañeros ideales de la caldera. La cocción infinita amenizada por la conversación siempre interesante, por la frase justa, por la reflexión que deja poso. Por el acento argentino, tan seductor, tan pegajoso, tan resultón incluso cuando suelta boludeces.


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