Homeland. Los atracones

Paso el fin de semana devorando episodios de Homeland como un obeso compulsivo. He decidido ver la serie en sesiones dobles o triples que no me permitan pederme en la trama. Uno, como ya queda dicho, sigue demasiadas series a la vez, y lleva, además, una vida caótica y voluble. Por eso, cuando veía Homeland los lunes por la noche en el canal FOX, tardaba diez o quince minutos en volver a orientarme en los laberintos de la semana anterior. Y eso que al principio de cada episodio los de Showtime tienen la gentileza, para gentes tan lerdas como yo, de colocarnos un previously in Homeland  bien extractado y sugestivo. Pero ni aún así.
       Sucede, además, que Homeland es una serie que apuntilla cada final con un clímax de suspense que queda ahí, flotando en el aire, elevando la nota media de un capítulo a veces plúmbeo y discursivo, con mucha importancia sacramental del matrimonio y mucho niño con cara de mazapán preguntándose porque papá y mamá ya no se quieren. Pero esa intriga  irresuelta apenas dura unos minutos en el ánimo. Pasan las horas, y los días, y aquel susto, o aquella revelación, o aquella muerte repentina de quién no esperábamos ni por asomo, va perdiendo fuelle y termina por apagarse, convirtiéndose en un rescoldo que siete días después cuesta mucho resucitar.


     

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