Homeland. El estreno

 Hoy he visto, en los canales de pago, el primer episodio de Homeland. Esta serie no constaba en mi programa vacacional, pero ha irrumpido de manera poderosa en la cartelera. Con cuatro cosas que leí y cuatro cosas que escuché por ahí, se me pusieron los dientes muy largos y ya no pude resistirme. A tomar viento el programa, una vez más. Y sí: habemus gran serie. Lo proclamo desde mi balcón a todos los transeúntes que quieran escuchar mi palabra. La trama de Homeland es de ésas que te agarran por los huevos y ya no te suelta. Ni tú quieres que te suelte. Salen los de la CIA, los de Al Qaeda, los servicios de espionaje, los topos que se infiltran, los salones del poder acristalados y metalizados donde se decide el rumbo del mundo, y eso, aunque resulte terrorífico en la vida real, mola mucho en las series de la tele.          
            Trabaja en Homeland, además, ese actor pelirrojo que comandaba el pelotón de paracaidistas en Hermanos de Sangre, y que tiene un jeto que lo mismo te vale para un héroe de guerra que para un hijo puta sin remedio, que es justo la dicotomía con la que se juega en esta serie. Y sale, claro está, Claire Danes, uno de mis viejos y más queridos amores, rubia y menuda, sensual y preciosa, aunque aquí está como rara, como alterada, como demasiado pasada en años, ella, mi tesoro, que aún está tan lejos de la frontera cuarentona que yo acabo de cruzar. Sigue siendo una hermosa mujer, pero creo, para mi desdicha sexual, y para mi alborozo seriéfilo, que su pelazo rubio y sus ojos de gata no van a ser el asunto capital de esta serie.


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