Glengarry Glen Ross

Llevado por el buen sabor de boca que me han dejado Casual Day y Smoking Room, esos estudios del hombre hispánico trajeado, he viajado a Chicago para saber si los ejecutivos de allí han vendido las fincas Glengarry y las granjas Glen Ross. Glengarry Glen Ross es la  obra maestra del subgénero de los ejecutivos, vendedores y demás hombres peripuestos que se ganan la vida contando medias verdades y enteras mentiras. El guión de David Mamet es un retrato descarnado de estas vidas abocadas a la competencia sin cuartel. La artimaña, el instinto, la tensión del homínido buscándose el sustento. Es verdad que estos agentes inmobiliarios van bien vestidos y bien alimentados, con coches y gabardinas, con teléfonos y ordenadores, pero en esencia no están muy lejos del troglodita armado de cachiporra y vestido de pieles. El mamut que finalmente caía bajo las lanzas ahora es el cliente poco avispado que termina firmando en la línea de puntos.


            Pienso, mientras veo a estos vendedores de fincas ganándose el pan, lo inútil que sería yo compitiendo en su mundo. Lo mucho que tendría que sufrir y fracasar antes de ser despedido con una gran patada en el culo, como Marge Simpson cuando se metió a trabajar de agente inmobiliaria. Carezco de carisma, de prestancia, de retórica vendedora. Yo, en este mundo despiadado, sólo podría ser lo que soy, un funcionario acomodado. Estos pensamientos abismales prosiguen mucho tiempo después de haber terminado Glengarry Glen Ross, y no me dejan levantarme del sofá. El sueño va a tarde en venir.


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