Sherlock

Luego, por la noche, con mucho tiempo por delante conquistado a la rutina, estreno  la segunda temporada de Sherlock. Es una serie trepidante, arrolladora, que no te otorga un minuto de respiro. Miras para otro lado y ya estás perdido sin remedio. Holmes y Watson viajan, piensan, deducen, trabajan, interrogan, siguen pistas, escapan de la muerte, y todo ello a una velocidad de vértigo, en tramas que exigen del espectador una atención perpetua y extenuante. Imposible de todo punto levantarse a mear, o a beber agua. No hay tiempo para nada. No hay, de todos modos, trabajo fisiológico en el organismo mientras Sherlock Holmes resuelve su caso en la pantalla. Toda la sangre se va en irrigar al cerebro, sobrecalentado por el esfuerzo  de seguir sus razonamientos. Las piernas, reposadas sobre el puff, son como dos columnas de mármol, pesadísimas y pálidas. Y aún así, haciendo acopio de toda la sangre disponible, de toda la glucosa que no desperdicio ni en pestañear, a veces mi inteligencia se pierde en la trama. Tengo que rebobinar  tres o cuatro diálogos en cada episodio. A veces, aunque entienda la plática enredosa al primer intento, rebobino el DVD por el mero gozo de releer el ingenioso trabajo de estos guionistas. No sé de dónde sacan estas cosas. No deben de tener brazos, ni piernas, ni polla, ni apenas tronco. Sólo una cabeza, y un estómago servicial para alimentarla. El kit mínimo de la vida. Todos los nutrientes destinados a inventar esas líneas prodigiosas. Son monstruos maravillosos, los guionistas de Sherlock, esclavos cercenados al servicio de nuestro entretenimiento.




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