La escafandra y la mariposa

Por la noche, llevado por la tristeza y por el pesimismo, vuelvo a enfrentarme con La escafandra y la mariposa. Sus imágenes llevaban varios días rondándome la cabeza, desde que me descubrí asomado al abismo de los cuarenta años. Su malogrado personaje sufría el colapso a  la edad exacta de 42, y yo, no sé porqué, recordaba ese dato con exactitud. Más que una apetencia, sentía la necesidad de volver a retomarla. Como un recordatorio de los riesgos que amenazan el otoño de mi salud. Como una advertencia para mis excesos, como un recordatorio de que yo, al menos, todavía puedo mover los brazos y las piernas y hablar y cagar a voluntad. Como una excusa, también, para volver a disfrutar del rostro más hermoso que Canadá ha legado al cine, el de Marie-Josée Croze, actriz que algunos ya conocíamos de Las invasiones bárbaras y que luego nos dejó patidifusos en Munich con aquel papelito de asesina irresistible. No dispongo del vocabulario preciso para retratarla en prosa. No poseo, tampoco, la poesía adecuada para requebrarla en metáforas bellísimas e inspiradas. Así que será mejor que me calle. Hermosura y dulzura en estado puro. Enamoramiento instantáneo. Corazón roto. Distancia insalvable.



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