Lemmy contra Alphaville

En una de las sobremesas más apáticas que recuerdo, decido suicidarme ya del todo y me lanzo, loco perdido, a ver Lemmy contra Alphaville, que llevaba varias semanas criando moho en el disco duro. Ha sido el último asalto programado en este ya larguísimo combate de boxeo que mantengo con Godard. Y ha ganado él. Lo reconozco. Punto final. Pasada la media hora he tirado la toalla y me he puesto a zapear por los canales de pago, derrotado y mustio. No lo entiendo, no lo aprecio, me irrita. Hay un momento de Lemmy contra Alphaville, hacia el minuto quince, en que una voz en off recita las siguientes palabras:  “Sí, siempre es así. No se entiende nada. Y una noche uno acaba por morir”. La voz se refería, por supuesto, a las cosas que iban sucediendo en la película, ya incomprensibles para mí a tan tempranas alturas. Pero era, de hecho, mi pensamiento trasladado literalmente al subtítulo. Tan sorprendido me quedé, que tuve que darle al rewind para estar seguro de no haberlo soñado en la modorra vespertina. No: allí estaban las palabras, como un resumen perfecto de mi malograda relación con Jean Luc. Sí, siempre es así, no se entiende nada…

            ¿Qué me ha quedado, pues, de este naufragio con Godard? Una culturilla de cinéfilo, por supuesto, que no es poco. Banda aparte, también, que es la única película rescatable en este vasto océano de incomprensión mía. La certeza, confirmada una vez más, de que a mi edad, con algunos cineastas consagrados con los que no conecto, ya es mejor dejar de insistir. Y, por supuesto, la belleza de Anna Karina, una de las mujeres más hermosas que he visto jamás. Sólo por ella he aguantado ratos de cine insufribles firmados por su exmarido, como esta media hora zarrapastrosa, inefable, ridícula, de Lemmy contra Alphaville.


            Recuerdo que en León, cuando yo era pequeño, había un cine llamado Lemy, en la otra punta de la ciudad. Si en Madrid tenían los Alphaville, nosotros, por lo que se ve, teníamos éste. Pero el Lemy no puede ser un homenaje a Godard, pues fue inaugurado -gracias, internet- en los años cuarenta. Lo extraño es que veinte años después no le colocaran una segunda m para reírle la gracia a la Nouvelle Vague. Tampoco hubiese sido muy apropiado, la verdad, porque allí era donde ponían las películas guarrindongas, las clasificadas S que satisfacían los bajos instintos de la ciudadanía provinciana. No era, lo que se dice, un cine de arte y ensayo. Luego lo convirtieron en un multicine, con tres salas, y alguien con buen gusto cinematográfico lo rebautizó como Cines Kubrick. Tampoco existen ya. Ahora el solar lo ocupa un supermercado. Ya no queda nada del Lemy. Sólo eso, recuerdos neblinosos, y fantasmas en internet.


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