La cinta blanca

Termino el miniciclo dedicado a Michael Haneke con La cinta blanca . La película es, a falta de un adjetivo mejor, y menos manido, perturbadora. Como en Caché, Haneke nos vuelve a enredar con un mcguffin detectivesco que en realidad poco importa. Su único interés es que permanezcamos atentos a la degradación moral de ese pueblo alemán en vísperas de la I Guerra Mundial. ¿Que quién cometía las atrocidades? Qué mas da. Lo atroz era el pueblo en sí, con su estructura feudal, con su doble moral, con su disciplina represiva. La cinta blanca contiene las escenas más brutales que uno ha visto en tiempo, sin sangre, sin chirridos. Sólo personas que hablan, que amenazan, que sostienen la mirada con lágrimas en los ojos planeando la venganza. Personajes llenos de odio, de agravios, que se reúnen hipócritamente en la fiesta del fin de la cosecha, o en la iglesia, los domingos y fiestas de guardar. Una sociedad entera resumida en un pueblo; la humanidad entera, resumida en un puñado de personajes. Haneke es el gran nihilista del cine actual. Al final, en todas sus películas, te queda la idea de que el ser humano es un animal muy poco recomendable, insolidario y cruel, egoísta y dañino, prescindible y vacío.


            La cinta blanca ha sido la última película de mis treinta y tantos años. Hoy cumplo 39 años y 364 días. Ha estado bien terminar este período con una obra maestra. Es el bonito colofón a una década no tan bonita. Hace dos lustros no llevaba un diario como éste, así que no puedo saber qué película cerró aquella década de mis veinte, no gloriosa precisamente, ni torrencial, ni aventurera, ni sexualmente triunfante, pero sí, al menos, más feliz que esta última, como supongo que es la norma general. Sí sé, en cambio, porque lo han repetido varias veces en la radio, que hoy se cumplen cuarenta años exactos del estreno de El Padrino, en Nueva York. Lástima, me dije, la primera vez que lo escuché. Por un día... Pero luego, tonto de mí, caí en la existencia de los husos horarios, y calculé que a la hora en que yo nací, las cuatro de la madrugada del 16 de marzo, allá en la costa atlántica de Norteamérica eran todavía las 10 de la noche del día 15. Se puede decir, por tanto que yo nací al mismo tiempo que nacía El Padrino. Mientras un selecto grupo de afortunados asistía a su primera proyección, yo, a seis mil kilómetros de distancia, hacía también historia, de la pequeña, de la ordinaria, asomando mi cabeza por el mundo. Es un pequeño honor que me adorna, inmerecido, pero resultón. 




No hay comentarios:

Publicar un comentario

copyright © . all rights reserved. designed by Color and Code

grid layout coding by helpblogger.com