Hunger

Veo, a última hora del sábado, cansado ya de perseguir el fútbol por doquier, la película irlandesa Hunger, a la que llegué siguiendo la pista de Michael Fassbender en el pinball habitual de las referencias. 


            Cuenta el drama de unos presos del IRA que en tiempos de Margaret Thatcher se pusieron en huelga de hambre para protestar contra la ocupación británica y el régimen carcelario que sufrían. Es una película extraña: impactante en sus escenas violentas, pero casi muda, parquísima en explicaciones, tan fría y tan minimalista que uno, al final, sobrepasada con creces la hora bruja de las doce, no puede evitar la caída plomiza de los párpados. Confieso que hubo un momento en que me dormí. Regresé a los tres o cuatro minutos y la cosa seguía más o menos igual, con la huelga de hambre de Fassbender y la policía británica arreando estopa de lo lindo. De ahí hasta el final, la trama vino envuelta en una bruma de modorra que a veces se espesaba y a veces se dispersaba. No pude centrarme en los detalles, ni apreciar el enfoque estilístico, ni aplaudir la originalidad de la propuesta. Al filo del sueño una ya sólo busca chicha, o tiros, o risas, goces primarios y placenteros. Personajes esquemáticos, y, a ser posible, mujeres de bandera, de las que Hunger, para más inri, prescinde en absoluto, en aras del drama carcelario atosigante y crudo. Ni un mísero vis a vis. Ni un centímetro cuadrado de piel femenina. Porca miseria.



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