House. Terapia ciclista

Son días de enfermedad, de gripe persistente y latosa. La fiebre, que en otros enfermos es fuente de delirios y ensoñaciones, a mí me sujeta a la realidad con grilletes de prisión medieval. Me vuelve obsesivo con los fastidios cotidianos, a los que doy mil vueltas sin parar, como una lavadora estropeada y ruidosa. No saco nada en claro del permanente volteo, porque la fiebre tiene eso, que no analiza, ni razona, sólo baraja. Enfermo de fiebre no puedo acudir a la medicación antineurótica de las películas, que pasan ante mí en un segundo plano desenfocado y confuso. Más allá de un rato, la realidad vuelve a plantarse ante mí, inmisericorde y pesada, agitando las manos, o chasqueando los dedos, para que no me olvide de su presencia.  


            Hace unos días, el doctor House sustituyó a los hermanos Harper en el fastidioso papel de jalear mis pedaladas. Es la quinta vez que me ayuda en la terapia. Y en esta ocasión me ha venido al pelo. Ahora, en los días de enfermedad, con la bicicleta estática aparcada por las molestias, sus chanzas son el único alimento de mi espíritu, derrotado en el sofá. Cada episodio dura cuarenta minutos, que es el tiempo justo que la fiebre me concede para volar. Además, las tramas de House siempre han sido obvias, simplonas, calcadas las unas a las otras, más allá de que fulano quiera tirarse a fulana o de que el enfermo tenga un transtorno autoinmune en lugar de lupus. Son un regalo para la mente torpe y adormecida. Es una mierda, House, pero me gusta. O más bien debería decir que me gusta el personaje de House, y no la serie en la que éste sale. Lo demás, salvando a su amigo Wilson, no es más que un desfile de pibones en el que sólo Olivia Wilde -a quien los dioses crearon perfecta- y Jenniffer Morrison -que tanto se parece a los ángeles femeninos de la Biblia-  tienen plaza fija en el reparto.


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