Splice

En condiciones lastimosas, me estiro en el sofá para elegir la película del día. Es difícil acertar cuando el estado de ánimo se arrastra por los suelos. ¿Una comedia, quizá, para elevarlo? Se corre el riesgo de que las sonrisas salgan espurias, dolorosas de parir. ¿Un drama, entonces, para regodearse en el sufrimiento? ¿Y qué nos aportaría, en tal caso, el regodeo? ¿Y un thriller aséptico de sentimientos, con crímenes y mujeres hermosas? Un enredo que la inteligencia ofuscada sin duda no sería capaz de seguir. ¿Y una cosa romántica, tontorrona, que nos engañe sobre la realidad arisca del amor? Pero nada, en los días aciagos, me hará olvidar que Natalie Portman, la mujer de mis sueños, vive lejos, muy lejos, al otro lado de un gran océano de aguas frías y profundas.
            Hastiado del proceso mismo de la elección, voy descartando una película tras otra hasta encontrar Splice. Es una de ciencia ficción que viene firmada por Vicenzo Natali, el tipo extraño que hace años nos metió en la locura de Cube, y que luego nos regaló esa gran película llamada Cypher. Bingo. La ciencia ficción, ahora caigo en la cuenta, posee esa neutralidad curativa que hoy desesperaba de encontrar. Lo mismo te vale para un día soleado que para un día lluvioso. Lo mismo para celebrar la felicidad que para huir de la pesadumbre. Con la ciencia ficción, o te sales de esta dimensión, o te piras de este planeta. En cualquier caso, abandonas este tiempo presente, esta humanidad previsible y monótona. Este hartazgo de uno mismo.
            A los dos minutos de Splice presiento que van a pasar grandes cosas, y que, por fin, en las últimas horas del día, voy a sentirme de nuevo un hombre atinado. Pintan bien, los esbozos iniciales, y además, para mi agradable sorpresa, la protagonista principal es Sarah Polley, esa canadiense bellísima e inteligente con la que yo compartiría la isla más desierta del mundo. En Canadá, o en la Polinesia, lo mismo me da. Ya hace años que vivo muy enamoriscado de esta mujer, aunque a veces malgaste su excelencia en películas aborrecibles que no la merecen. Como Splice, por ejemplo, que a los veinte minutos de metraje agota todas sus promesas y se va volviendo, por este orden, aburrida y ridícula. Uno aguanta por orgullo, por Sarah Polley, por esperar el milagro de última hora que salve la jornada del naufragio. Pero no era el día. Definitivamente, no lo era.

No hay comentarios:

Publicar un comentario

copyright © . all rights reserved. designed by Color and Code

grid layout coding by helpblogger.com