The Office. Quinta temporada

Desde que salí del hospital no he vuelto a ver ningún episodio de House. Ni subido en la bicicleta estática, ni despatarrado en el sofá. No soy especialmente aprensivo con estas cosas, ni padezco la hipocondría malsana que sí tiene mi hermano Woody. Pero necesito tomar distancia con mis dolencias, por banales que sean. Me he pasado, por tanto, para mantener viva la llama del pedaleo, a la quinta tempora de The Office, que tenía guardada para una ocasión especial, como se guardan las botellas de champán en la nevera. Para cuando la vida me sonriera y el espíritu abrumado encontrara por fin un motivo de satisfacción. Pero he aquí, de nuevo, la vieja disquisición sobre la oportunidad anímica de una serie que te hace reír. ¿Ha de reservarse para los buenos momentos, como una celebración de la vida? ¿O hay que esperar, en cambio, a que el espíritu afligido pida a gritos un contrapeso del dolor? Desde los antiguos griegos, tan sabios, andamos a vueltas con el dilema.
            Y más aún: ¿Es The Office, realmente, una comedia ideada para hacer reír? Porque más allá de sus enredos y de sus locuras, es una serie de fondo pesimista y desolador, casi nihilista. Pocas veces se ha visto retratada con tanto tino la estupidez humana. Sólo un puñadito de personajes se salvan de la mezquindad, de la estrechez de miras, del orgullo personal que todo lo deforma. Es una serie que aquí habrían elevado a la categoría de obra maestra Azcona y Berlanga, porque ellos fueron los narradores inigualables de la chapuza nacional, de la improvisación, del eufemismo, del individualismo improductivo y coñazo que sólo sabe de lo suyo, de sus propias obsesiones. Como estos tiparracos y tiparracas que tanto nos divierten en The Office.



No hay comentarios:

Publicar un comentario

copyright © . all rights reserved. designed by Color and Code

grid layout coding by helpblogger.com