Los descendientes. Adiós, cine, adiós..

Esta tarde, para escapar de la visita indeseada de un familiar, me he refugiado en los cines de mi pueblo. La película elegida ha sido Los descendientes. En primer lugar, porque era la única con solera que pude encontrar en la cartelera. En segundo lugar, porque su horario me venía de perillas para organizar más tarde mi inteligentísima coartada. Su director, Alexander Payne, es un hombre que siempre me había hecho feliz. Hoy no tanto. Nos ha faltado, por primera vez, la sintonía, la coincidencia, el feeling. A falta de las emociones esperadas, Alexander, al menos, me ha prestado su escondite de las islas Hawai mientras la realidad preguntaba por mí a los policías.  



            Hacía más de cinco meses que no entraba en un cine, desde aquella ocasión en que Pitufo y yo fuimos a ver Super 8. Todo un récord de absentismo para mí, que antes era el okupa de las salas. En mis tiempos mozos me dejé sueldos enteros por las taquillas de media España, cuando vivía en las ciudades, cuando estaba de vacaciones, cuando visitaba a un familiar, buscando el estreno inaplazable, la película recomendada, el éxito insospechado del que todo el mundo hablaba. Veía casi todo lo potable, casi todo lo premiado. Pero esa época ya pasó. Parezco uno más de esos carrozas que se casaron, tuvieron hijos y abandonaron la costumbre sin nostalgia ni remordimientos. Vivo rodeado de ellos. Pero no soy uno de ellos. Yo no abandoné las salas de cine: a mí me echaron de ellas. Los que no paraban de hablar, los que no paraban de masticar, los que no paraban de hacer ruido con las bolsas. Los que no paraban de soltar gracietas, los que no paraban de ir al servicio, los que no paraban de consultar sus teléfonos móviles. Los que iban con los niños y los dejaban corretear por los pasillos; los que iban con la abuela sorda y le iban gritando la trama al oído; los que iban en pandilla y confundían el espacio público con el salón de su casa. Los que trabajaban allí y consentían el lamentable espectáculo, los que estaban a mi lado y jamás secundaron mis airadas protestas, los que luego escuchaban mis razonamientos en las tertulias y decían que yo era el malo de la película, intransigente y maniático. Me echaron todos ellos.
            Ir al cine se convirtió en una incursión en territorio enemigo, más que en una excursión placentera. A veces daba voces en alto para intentar acallar la algarabía; otras veces me encaré en voz baja y amenazante con el culpable agazapado en la sombra; en algunas ocasiones, viendo el pelaje de la gente que hacía cola delante de mí, ni siquiera llegué a pasar por la taquilla, derrotado ya de antemano. A toda esta gente le importaba una mierda el cine, y sin embargo, fui yo, el que más lo amaba, quien tuvo que desistir. Me echaron, como quien dice, de mi propia casa. Porque los cines eran eso, mi hogar, mi segunda residencia, el lugar donde yo pasaba las vacaciones de mí mismo. Los cines eran mi fumadero de opio, mi refugio en las montañas, mi velero alejado de la tierra firme y de los humanos insoportables. Los cines eran algo más que mi propia casa, porque yo, en mi casa, me limitaba a vivir, pero en ellos soñaba. Era feliz.


            Hoy he tenido suerte. En la sesión de las cinco sólo éramos seis personas: tres loros acartonados que iban a ver a Clus (sic) Clooney, una pareja de mujeres de mediana edad con pinta de maestras de primaria, un pobre hombre sentado al fondo de la sala, y yo mismo, a dos filas de distancia del cogollo central, temeroso de que en cualquier momento comenzara el parloteo y se desencadenara la tormenta. No ha sido así. Apenas unos murmullos educados en los títulos de crédito inciales, y luego, el silencio. Supongo que Clus les parece tan guapo a las mujeres que las deja boquiabiertas, incapacitadas transitoriamente para articular sonidos. Bendito seas, Yors.


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