Dos hombres y medio

Había decidido, en contra de mis costumbres ancestrales, seguir Dos hombres y medio en la versión doblada al castellano, que no es de las peores que uno recuerda. Pero ocurre que en esta banda sonora, a saber por qué, los creadores han borrado las risas enlatadas. Te ríes, sí, pero te ríes menos. Sé que es patético, reírse cuando a uno se lo remarcan, como si fuera idiota y no cogiera los chistes, pero estoy tan acostumbrado a ese bullicio de fondo que sin él me siento extraño, como si esto no fuera una comedia de personajes ocurrentes y agudezas verbales. Necesito las risas enlatadas, por ridículas que resulten, para saberme inmerso en un universo paralelo donde todo el mundo, desde el vecino más idiota hasta la rubia más estúpida, posee el don de la respuesta precisa en el momento exacto. Ese súperpoder que ningún superhéroe se ha agenciado todavía, y que es, con diferencia, el que yo eligiría si me tocara en suerte un accidente radioactivo.



            Con Dos hombres y medio inauguro la temporada anual de bicicleta estática. A partir de hoy, media hora al día antes de cenar, haré el ridículo más espantoso subido a este engendro mecánico. La bicicleta es un castigo que necesita de un televisor colocado en el horizonte para no cejar en el empeño. Meta inalcanzada de mis torpes meneos han sido The Office, Seinfeld, Larry David, Frasier…, todas ellas comedias de media hora, ligeras y alegres, de chistes marcados a ritmo de diapasón que ayudan a sincronizar mis propias pedaladas grasientas. Cabalgando mi mula de acero no soy capaz de concentrarme en ninguna serie con pretensiones dramáticas o filosóficas. Sólo en la pasividad exangüe del sofá puedo encontrar la calma necesaria para enfrentarme a ellas. The Wire o Mad Men, que son series modélicas, serían indigeribles para un intelecto perezoso bañado en sudor. Ellas necesitan otra atmósfera, otra disposición del ánimo.
            Espero que los hermanos Harper, debutantes en este papel de animadores, me hagan olvidar, como hicieron sus ilustres antecesores, que los veo y los admiro con un incómodo sillín colocado bajo el culo.

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