Thelma

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Quien más quien menos -incluso los más ateos del pelotón, los que un día decidimos apostatar y poner océanos de distancia- llevamos dentro las admoniciones del Catecismo, aquel librillo que estudiamos en el colegio y en la parroquia cuando nos embaucaron con el asunto de la Primera Comunión a cambio de los regalos prometidos: el primer reloj, y la bici de montaña, y el balón de baloncesto. Nos compraron el alma inocente por un puñado de juguetes... Y escondido entre ellos, agazapado y traidor, el gusanillo de la conciencia, que aprovechó nuestro primer sueño de comulgados para instalarse en nuestra culpa. 

    En los primeros picores de la adolescencia los curas nos obligaron a elegir entre el deseo sexual y las lágrimas del niño Jesús, que al parecer lloraba de rabia cuando nos tocábamos las partes, o deseábamos que una chica nos las tocara. El sexo húmedo y el catolicismo reseco eran dos prácticas incompatibles, como la relatividad de Einstein y la mecánica cuántica, y a falta de una teoría global, unificadora, que aunara todas las ecuaciones en una solitaria y maravillosa alegría, la mayoría decidimos pasarnos al otro lado de la decencia, aún a  riesgo de la chamuscación eterna de las plantas de los pies, y de la punta de la polla.




    Todavía hoy, en el otoño de la edad, cuando ya caen las primeras nieves sobre nuestro cabellos, y vamos a cometer un acto impuro, o nos lo cometen en gozosa alevosía,  una parte de nosotros, mayoritaria en el parlamento de nuestra razón, siente la alegría del sexo que se anuncia, la felicidad de sentirse uno vivo, corpóreo y deseado. Pero al mismo tiempo, como un ruido de fondo, como una interferencia levísima que sin embargo nos ensombrece un poco la fiesta, sentimos al gusanillo de la conciencia desperezarse un poquitín, roer una o dos neuronas con sus dientecillos afilados. Porque ahí sigue, el cabronazo, como un alien diminuto que nunca eclosionó, nunca extirpado del todo, casi siempre dormido o anestesiado, pero siempre presente en cualquier deseo y tentación. De cuarenta tacos en adelante todos somos hijos de la religión obligatoria, del crucifijo en el aula... Aunque hayamos renegado tres veces y las tres mil que siguieron. Ese puto y lejano runrún, el masticar de las hojas de morera...

    Nada grave, por supuesto. Nada que nos impida seguir pecando alegremente. Nada que ver con los terribles sufrimientos de Thelma, la chica de la película, la temible telepática, la adorable chica confusa que diría Ignatius Farray. Esta pobre noruega que cada vez que siente la punzada del deseo nota que el gusanillo de la conciencia la devora por dentro a dentelladas, a desgarrones, como el hijo puta mal nacido que en realidad es, y le provoca unos trances como los de Carrie White en la novela de Stephen King, y vuelan las cosas, y mueren los pájaros, y se desgarra el espacio-tiempo, y es mejor que nadie pase por las cercanías...



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