Gracias por fumar

🌟🌟🌟🌟

Existen tres tipos de trabajos: los que embellecen el mundo, los que lo limpian, y los que lo llenan de mierda. Los primeros son los que curan el cáncer, los que construyen puentes, los que hacen reír, los que meten goles, los que salvan ballenas en lanchas inestables que zarandean las olas. A mí me hubiera gustado trabajar en algo de esto, pero me faltó el talento, o me pudo la pereza, o daban fútbol por la tele. Me habría gustado pasar por la vida haciendo algo constructivo, que dejara huella, que aportara algo. Dejar un legado tras mi muerte, que se dice, pero que en el fondo, vamos a reconocerlo, es un deseo algo tontaina, porque qué coño nos importa el mundo cuando hayamos muerto, si no lo vamos a ver, como mucho que lo disfruten nuestros nietos, porque al final, por las leyes inexorables de la entropía, todo va a desintegrarse y a reducirse a una nada cuántica: los bisnietos y los planetas, los extraterrestres y los agujeros negros.



    Yo me quedé en la segunda categoría, que es amplísima, donde estamos la mayoría de los currelas y los funcionarios, los autónomos y los esclavizados. Ni estropeamos el mundo ni lo mejoramos: sólo lo gestionamos, lo adecentamos, le quitamos el polvo. Cuidamos de personas, de cosas, de animales, atendemos al público. Barremos las calles o entregamos el pan con la furgoneta. Servimos copas y limpiamos culos. Apagamos fuegos y archivamos documentos. Nadie se acordará de nosotros cuando hayamos muerto, como decía la otra película, pero al menos nadie podrá achacarnos nada. Lo hicimos como pudimos. Al menos, no nos pasamos al lado oscuro donde están los que ensucian el mundo con sus oficios de mierda. Los que viven de sembrar la desgracia ajena, la muerte y el dolor. La destrucción de la naturaleza y la aparición de enfermedades. Como Nick Naylor, el simpático rubiales a sueldo de las tabacaleras, que cobra una pasta gansa por salir en la tele defendiendo que fumar no es tan malo como lo pintan, y que al final es un acto de responsabilidad individual, no una extorsión del fabricante que figura en la cajetilla. Hay que tener una jeta como de aquí a Lima, claro, y unos escrúpulos extirpados en la mesa de operaciones. Y una sonrisa irresistible como la de Aaron Eckhart, que encanta a las serpientes y seduce a los incrédulos. Él sólo lo hace para pagar la hipoteca. Lo demás se la suda.



No hay comentarios:

Publicar un comentario