La muerte de Stalin

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Lo mismo en Veep que en La muerte de Stalin -que son dos ficciones muy poco exageradas sobre lo que sucede en las bambalinas del poder cuando desaparecen las luces y los taquígrafos- Armando Iannucci hace comedia despojando a sus personajes de cualquier solemnidad. Y con ese truco tan simple, y tan efectivo, le sale un humor de alta categoría, inconfundible, de color que oscila entre el negro y el amarillo, bilioso, bituminoso, con mucho ácido y mucha mala hostia.



    Iannucci es el niño deslenguado que se atreve a decir que el emperador - o la vicepresidenta, o el jefe de la nomenklatura- también se desnuda cuando nadie lo ve, y se tira pedos, y suelta maldiciones, y se le ve la minga dominga cuando entra al servicio. Iannucci, en sus series, o en sus películas, quita la monda del cargo para enseñarnos la pulpa del hombre, o de la mujer, y le salen unas criaturas espontáneas, débiles, trapaceras. Despojadas de pompa y de circunstancia. Tan humanos o tan simiescos como usted o como yo, soltando sus tacos, sus chiquilladas, sus meteduras de pata. Sus chistes malos y sus ocurrencias idiotas. Igual de listos o de estúpidos, de eficaces o de chapuceros. Tan interesados como cualquier otro en llenar la panza, en follar, en escaquearse del trabajo cuando se levanta la sesión en el Parlamento o termina la reunión extraordinaria del Politburó.

    La gente que dirige nuestros destinos no pertenece a otra raza, ni a otra especie, a no ser que nos creamos la tontería supina de los reptilianos. Simplemente progresan porque tienen menos escrúpulos, o un ego que no les cabe en los pulmones. Son muy poco solemnes cuando nadie los mira. Ellos también maldicen, cagan, le desean al prójimo lo peor.  Y sin embargo, la solemnidad es esa pose tontorrona, como de elegancia británica, que ponen en la mayoría de las ficciones para darles caché y en verdad termina arruinándolas por inverosímiles. La solemnidad es una farsa que los poderosos, como los curas, o como los fantoches, representan ante la gente cuando hay que inaugurar una carretera o asomarse al balcón para dar la bendición o anunciar la revolución. Pero luego, cuando vuelven a la intimidad de sus gabinetes, o de sus salones, me los imagino más bien como los retrata Iannucci, tan parecidos a las personas de la calle que cualquier semejanza con personas verdaderas, vivas o muertas, no es pura coincidencia.


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