Downsizing

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Los escandinavos nos han mostrado lo mejor de los tiempos modernos: el bienestar, la socialdemocracia, la mujer liberada de su yugo. El fin de la familia tradicional. Las suecas en bikini, bronceándose en las playas. La rubia de ABBA, y los goles de Zlatan. No es casual que en la ficción de Downsizing, ellos sean los primeros en tomar la medida más eficaz para salvar al planeta: miniaturizarnos. Mientras inventamos las naves que nos lleven a Marte para dejarlo como un lodazal, lo mejor es pasar desapercibidos. Como el increíble hombre menguante de aquella otra película, el que luchaba contra la araña armado de una aguja. Hacernos tan pequeños que una galleta María nos dure una semana completa. Que un vaso de agua nos baste para ducharnos. Que la mierda de todo un año quepa en una sola bolsa de basura. Sin operaciones, sin rayos catódicos, con una simple inyección que provoca un leve dolor de cabeza. Tecnología nórdica a su alcance.



    Los escandinavos reducidos –que suena casi a oxímoron- forman comunas New Age en los fiordos de su península, y con una sola maceta de marihuana tienen para ir flipados el resto de la película. Hay algo de Vickie el Vikingo en esas casas de madera a orillas del mar. Pero los americanos, cuando saben del invento, prefieren sacar las calculadoras del bolsillo. Ellos son así. Les basta con rellenar una hoja de Excel para confirmar que el ahorro en comida, en gasolina, en galletas para el perrete, da para vivir a todo trapo. Si los suecos se hacen pequeños para vivir en La Comarca de los Hobbits, los americanos lo hacen para instalarse en un campo de golf con mansiones a su alrededor. Como jubilarse en Florida, pero antes de tiempo, y sin tener que cotizar. Pero claro: en toda utopía humana siempre hay alguien que limpia la mierda, que repasa el retrete, que maneja el mocho de la lejía. Y el ciclo de los ricos y de los pobres vuelve a empezar. Algunos se miniaturizaron con la esperanza de vivir como pachás y se encontraron sirviendo a los mismos tipos que servían en Grandelandia. Los americanos son incorregibles. Y me temo que el ser humano también. Un ejemplar reducido de El Capital ya empieza a venderse en las librerías clandestinas de Pequeciudad...



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