Buscando a Eric

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Quizá yo también necesite un futbolista imaginario que camine a mi lado para escuchar mis congojas y revitalizar mi ego malparado: yo lo valgo, soy la hostia, me lo merezco -como Michel metiendo su hat-trick contra Corea del Sur- y autoengaños así que restauren mi paz y mi equilibrio. Un futbolista fallecido que me inspire, que me susurre pequeños trucos, o no muerto todavía, da igual, porque ya presupongo que el sólo vendría en el delirio de mi imaginación, o de mi locura definitiva. Que ninguno va a venir en carne y hueso a hacerme el coaching pudiendo estar con su señora espectacular en las Maldivas, o de cancaneo en Miami, o en Ibiza, que es donde seguramente estaba Eric Cantona mientras su cuerpo astral salvaba el orgullo y quizás la vida de este pobre cartero retratado por Ken Loach.



    Busco en mis recuerdos a un futbolista carismático, legendario en mis adentros, pero descubro que en realidad nunca he admirado a ninguno más allá de sus proezas con el balón, o de sus respuestas sabias ingeniosas –rara avis- a las preguntas idiotas de los periodistas. Yo, como todo hijo de vecino, coleccionaba cromos, láminas, revistas del asunto, pero nunca tuve el póster de un futbolista adornando mi habitación, no uno, al menos, como ése gigantesco de la película, uno a tamaño natural de Eric Cantona con la casaca del United y las solapas negras subidas, en la habitación del cartero ya casi cincuentón, abuelo, anacrónico ya de esas prácticas, como si hubiera cumplido treinta años de golpe la noche anterior y no le hubiera dado tiempo a retirarlo.

    He tenido alineaciones del Real Madrid, muchas, de cuando las cinco ligas consecutivas, o de las primeras Copas de Europa de esta nueva remesa triunfal. Me va más lo coral, la labor en equipo. Sí he tenido -ahora lo recuerdo- una pequeña lámina de Emilio Butragueño celebrando con gesto modesto, con la mano apenas levantada, uno de sus cuatro goles a Dinamarca en el Mundíal del 86, en Querétaro, en el estadio de La Corregidora, un pequeño homenaje al 7 del Madrid y una tocadura de cojones dedicada a mi padre, que bramaba antiespañolismos y antimadridismos muy de la lucha antifranquista cada vez que el Buitre sobrevolaba con éxito el área de los vikingos. Pienso en él, en Emilio Butragueño, como posible terapeuta de mis desgracias, como posible guía de mis laberintos, pero no termino de creérmelo del todo. Yo necesito un Eric Cantona exigente, bravío, que me dé golpes en el pecho y sopapos en la cara, si fuera menester. Y yo no veo a don Emilio en tal tesitura. Yo necesitaba a un Fernando Redondo, a un Uli Stielike, a un José Antonio Camacho, tipos rudos que dieron y recibieron patadas a troche y moche. Especialistas del cuerpo a cuerpo, bragados en la  vida. A un Juan Gómez Juanito, quizá, que quedaría de puta madre en una película, de fantasma consejero, con el gracejo andaluz y la mala follá, y las mil anécdotas que contar. Qué pena que se nos fue, en aquella puta madrugada. Illa, illa, illa…



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