The disaster artist

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Hace años yo formaba parte del jurado de un premio literario, aquí en la provincia. Un certamen modesto, poco internacional, que buscaba nuevos valores en este páramo de las letras. Se presentaba gente original, competente, mucho mejor que uno mismo cuando escribía, pero la mayoría de los que concursaban eran unos disaster artists de las letras: gente que apenas sabía redactar, que contaba unos rollos insufribles, que cometía tan tremendas faltas de ortografía que era imposible concentrarse en las andanzas de los personajes. Leías nueve, diez páginas, de aquellos empeños imposibles, y rápidamente pasabas al siguiente relato que esperaba turno en el montón. Aquella gente se lanzaba a la escritura a tumba abierta, sin sospechar que carecía del menor talento para juntar letras e ideas, igual que otros nos lanzamos al bloguerismo pensando que tenemos algo deslumbrante y bien trabado que contar.



    Me he acordado de aquellos escritores tan voluntariosos como escasos de aptitudes mientras veía la película de James Franco. Ahora que ha pasado el tiempo, Tommy Wiseau -el disaster artist por antonomasia de las artes cinematográficas, desaparecido ya para siempre Ed Wood en el outer space que le sirvió de inspiración- se ríe abiertamente de sí mismo y de su obra, y promociona su infrapelícula The Room como una divertida broma que le costó seis millones de dólares rascados de su propio bolsillo. El capricho de quien una vez quiso jugar a cineasta y tuvo el dinero necesario para pagarse los equipamientos y los rodajes. Pero Tommy Wiseau, al principio de la aventura, se tomó muy en serio su película –o lo que sea eso-, y quizá pensó que con The Room estaba rodando la nueva Ciudadano Kane que dejaría epatados a los críticos. Wiseau, como muchos de aquellos no-escritores que yo descartaba en la primera criba del certamen, ni siquiera conocía los rudimentos de su arte. Tenía una historia que contar, sí, como todos nosotros, nos ha jodido, porque quién no ha vivido amores y desamores, amistades y traiciones, sueños rotos y sueños cumplidos... El problema es que él no tenía ni puta idea de contarla, y que eso, además, no le suponía ningún contratiempo. The Room es la película de alguien que no aprovechó las enseñanzas de Sócrates y nunca se conoció a sí mismo, o lo hizo demasiado tarde. James Franco, por el contrario, parece tener la cosas muy claras. Que siga acudiendo al oráculo que tan bien le guía.




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