R.A.F. Facción del Ejército Rojo

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El personaje más interesante de la Fracción del Ejército Rojo -que es Fracción, y no Facción, cono dice el título- es, sin duda, Ulrike Meinhof. Sus compañeros de armas, los fundadores del grupo terrorista, eran unos guerrilleros vocacionales, casi diría que genéticos, que tomaron las armas sin pensárselo dos veces. Les conocemos de otras películas, y de otras movidas. Lo mismo en las fotografías reales que en la recreación de los actores, ya tienen algo de partisanos en el gesto hosco, y en la mirada desafiante. Su expresión resuelta está más allá de la democracia de las urnas, de la pintada callejera, de la soflama en las octavillas. Son hombres y mujeres de acción. Unos rojos muy combativos que sólo esperaban el chispazo de una reyerta para entrar en combustión, y que la encontraron en 1967, en el asesinato de un manifestante que protestaba contra la visita del Sah de Persia. El grupo primigenio de Baader y Esslin cogió el petate, se echó al monte simbólico de Alemania –pues quitando los Alpes de Baviera hay poca orografía donde esconderse- y empezó su campaña contra todo lo que oliera a presencia norteamericana, a juez encastillado, a empresario con sombrero de copa y puro de Montecristo.



    Pero Ulrike Meinhof, al menos en teoría, estaba hecha de otra pasta. Ella era una persona “respetable”, una madre de dos hijas, una periodista de prestigio. Roja, muy roja, pero de prestigio. Hoy en día sólo podría escribir en alguna gacetilla perdida de internet, sujeta a la amenaza continua de la fiscalía y de la policía. Pero en aquellos tiempos -más libres y democráticos que los de ahora- Ulrike podía escribir artículos incendiarios, protestones, provocativos incluso, como los que ahora perpetra Jiménez Losantos desde el otro lado del espejo sin que nadie le tosa ni le moleste. Ulrike era imprescindible en la refriega de las ideas, en la esgrima de las razones. En esas labores de inteligencia que son necesarias para ganar cualquier guerra. Ella no necesitaba un kalashnikov para ser partícipe de la movida, pero le pudo el ideal romántico, como al Che. O quizá sintió un prurito de vergüenza, al ver cómo otros tomaban las armas y ella se parapetaba tras la máquina de escribir. Pero las máquinas de escribir también son necesarias para derrotar al enemigo de clase. Lo sabían bien los primeros bolcheviques, y antes que ellos, los primeros marxistas. Ulrike equivocó el camino, subestimó su papel, y murió, o la mataron, donde menos falta hacía.



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