Man on the Moon

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Andy Kaufman se fue en 1984 y todavía no ha vuelto. Los que afirmaban que regresaría después de treinta años para hacer el chiste más largo de su vida, ahora, pillados en el mal cálculo como miembros de una secta, afirman que la broma va a durar cuarenta años, y que la muerte y la resurrección de Kaufman se convertirán en la performance más famosa de la Historia. Después de aquella del año 33, claro, que va a ser difícil de igualar si llevan razón los evangelistas y los Padres de la Iglesia, que no vieron nada, pero que jamás dudaron de los testimonios.



    Pero no estamos huérfanos, ni tristes, mientras esperamos el regreso de Kaufman anunciado por los profetas. No al menos aquí, en el reino de los godos, porque tenemos a un guanche exiliado que se le parece mucho en las intenciones y en las chaladuras.  Nuestro héroe, nuestro lunático, nuestro man on the moon, es Ignatius Farray. El problema es que cuando Farray fallezca, o finja su fallecimiento, dentro de muchos años, a ver dónde encontramos un actor capaz de imitar su grito sordo y su chupeteo de pezones. De dónde vamos a sacar un Jim Carrey patrio con esa anatomía y esa idiosincrasia. Porque Farray, al igual que Kaufman, es alguien básicamente inimitable, con sello de autor, con trastorno de personalidad. Un humorista que no sabe contar chistes ni falta que le hace. Lo suyo es otro oficio. Otro menester. La provocación. El tocapelotismo de los escenarios, y de los estudios radiofónicos. Farray vino al mundo para hacer preguntas incómodas, para buscarte las cosquillas, para mear fuera del tiesto. Kaufman y Farray no son comediantes, sino filósofos de la comedia. Profesores en la Facultad de la Risa. Dos teóricos del asunto, más que dos practicantes. Dos exploradores con salacot que se han aventurado en las selvas del humor para encontrar sus límites y sus fundamentos. Que se van abriendo camino a machetazos, entre la maleza, por caminos jamás hollados. Dos tipos que arriesgan, que se la juegan, que se prestan al escarnio e incluso a la denuncia con tal de ir un paso más allá, a ver dónde termina el humor y dónde comienza la falta de respeto, que es uno de los desafíos actuales de la ciencia.



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