En realidad, nunca estuviste aquí

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En realidad, el que nunca estuvo aquí fui yo, el espectador. Sí Joaquin Phoenix, claro, en la película insoportable. Sí mi cuerpo, por supuesto, repantigado en el sofá. Pero no mi espíritu, ingrávido, que a los pocos minutos de metraje emprendió un viaje astral hacia el infinito y más allá, harto de intentar comprender las andanzas justicieras de este émulo de Thor.



    Así escindido, viviendo sin vivir en mí como rezaba Santa Teresa,  quien se quedó a ver la película fue mi becario neuronal, mi yo interino, mi piloto automático. El suplente al que pago un dinero para que el sofá no se quede vacío, como en la gala de los Oscar, cuando una superestrella se levanta para entregar un premio o vaciar la vejiga. Y yo, al menos en este reino de mi salón, soy la superestrella que abandona mentalmente el sofá cuando una película insufrible, incognoscible, hecha de pedantería pura, se cuela entre las recomendaciones que tanto miro y remiro. Podría dejar la peli a medias, poner otra, olvidarme de que una vez fuimos presentados. Pero como soy un cinéfilo obtuso y cabezón, insisto en ella, me doy de hostias contra el muro, como si cumpliera penitencia por el pecado gordísimo de haberme dejado liar, o de haber entendido mal las críticas de los expertos. Luego, en realidad, no puedo masticarla, maldigo mi suerte, me fallan las fuerzas, así que al final llamo al doble que dormitaba su sueño en la vaina bajo la cama, y yo, felizmente suplantado, me piro por esos mundos virtuales a dormitar sueños y a hacer cábalas sobre mi vida.

    Dos horas más tarde, con cuatro cosas que el becario me cuenta, me pongo a escribir estas críticas que suelen salirse –a la fuerza- por la tangente, para disimular mi deserción y mi bostezo. Que no entran en el meollo de la película porque la película, en realidad, tampoco tiene meollo alguno. Sólo una sarta de imágenes violentas que pretenden epatar al espectador moderno, cuando el espectador moderno ya está hasta los huevos de estos cosquilleos, de estos jugueteos de la adolescencia, y sólo desea que le cuenten algo coherente, bien construido, al estilo de los viejos y denostados clásicos.




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