45 años

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Después de varios años leyendo libros y conversando con los parroquianos, uno tiene la fundada sospecha de que el ser humano, en cuestiones sexuales, no es más que un bonobo vestido con pantalones vaqueros. Un simio disimulado. El sexo es nuestro pensamiento único, nuestro runrún de fondo, nuestro hilo musical. Érase una vez unos homínidos a unos genitales pegados. Pero el fornicio, por supuesto, como enseñara el abuelo Sigmund, sería la carcoma de cualquier civilización si campara a sus anchas por los dormitorios y por los asientos reclinables. Desde que el hombre inventó la convivencia sedentaria alrededor de la agricultura, el instinto del bonobo lucha contra la imposición de las costumbres. No desearás a la mujer de tu prójimo, ni codiciarás los bienes ajenos. El Ello y el Superyo llevan diez mil años dándose de hostias en el interior de nuestras cabezas, y en medio de ellos, como un sparring al que le caen palos por todos los lados, el Yo, pobrecico, trata de buscar una tercera vía entre el desenfreno simiesco y el matrimonio para toda la vida.



    De ese pacto social entre los sindicatos orgiásticos y la patronal conservadora, surge esa práctica extraña, muy poco frecuente en la naturaleza, que es la monogamia sucesiva. A falta del pan selvático, buenas son las tortas de la ciudad. Uno se ennovia, se vuelve a ennoviar, se casa con la primera pareja convincente, se divorcia de ella cuando las cosas se tuercen y vuelve a empezar el ciclo del emparejamiento hasta que el cuerpo aguante. En este carrusel de sustituciones todos somos contingentes y ninguno necesario, salvo el alcalde, claro, en Amanece que no es poco. Sólo el primer amor es un producto original. El resto es un outlet, un mercadillo en el que vamos cambiando de cama con la humildad de quien se sabe el número tal en una lista de examantes y examados. Así son las cosas. Y no pasa nada por asumirlo. Pero hay gente, como el personaje de Charlotte Rampling en 45 años, que no terminan de aceptarlo. Ella se creía especial, única. El alfa y el omega de su marido. Pero un día, por culpa del cambio climático y de su efecto sobre los glaciares alpinos, descubre que el honor de la letra alfa lo ostenta otra señorita que ahora es la Reina de los Hielos. Había otra, por tanto, antes que ella. Y no una cualquiera: una chica joven, y guapa, a la que sólo un resbalón retiró del camino. Charlotte no asume que su amor pueda ser fruto del azar. Ella quizá soñaba con Destinos, con Predestinaciones. La decepción le golpea con tanta fuerza que ya no quiere ser ni la letra omega de su marido. Y en medio de todo esto, la fiesta de aniversario… 45 primaveras, y la última sin flor.




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