Wonder Wheel

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Tras dar varios tumbos sexuales por la vida, Ginny ha encontrado refugio en un matrimonio vulgar, proletario, de los de andar por casa en zapatillas. Su marido –un ex alcohólico que sigue engrosando la barriga por otros cauces, y que no apea la camiseta imperio que luciera con más galanura Marlon Brando- trata a Ginny con respeto, y con cariño, pero no es el príncipe azul de quien todavía se sabe guapa ante el espejo, seductora, con un aire a Kate Winslet entrada ya en la cálida madurez. Ginny todavía no ha cumplido los cuarenta años, que son como la frontera simbólica de la derrota, y cuando tiene un rato libre entre su trabajo y el fregadero, el hijo problemático y el marido omnipresente, pasea por la playa de Coney Island cruzando miradas de auxilio con los hombres que trabajan o que hacen turismo, a ver si alguno se anima a rescatarla de su vida gris y condenada.



    Y así, tras mucho alzar y bajar los ojos, un buen día conocerá a Mickey, el vigilante de la playa, el hombre de los ojos azules y el cuerpo esculpido. El aspirante a poeta que improvisa versos halagadores y folla como un campeón en los recovecos secretos del arenal. La única pega de Mickey es que es mucho más joven que ella, casi un yogurín, y pasados los ardores del deseo es muy probable que sus proyectos vitales se descubran lejanos e incompatibles. Pero la fiesta sexual se alarga, no vislumbra la traca final, y el amor de verano fructifica en algo muy parecido al amor invernal. Pero cuando Ginny ya escucha el trinar de las gaviotas, el tintineo de las llaves que abrirán su celda carcelaria, aparecerá una chica guapísima, coetánea de Mickey, para robarle el corazón y devolver las pasiones a las conveniencias de la edad. La entrometida es Carolina, para más inri su hijastra, la hija del fallido Marlon Brando, y los celos devorarán a Ginny con dos filas de dientes muy afilados y coordinados, como tiburones hambrientos nadando por las entrañas.



    Si Wonder Wheel  fuera una película pornográfica, de ésas en las que la madre MILF descubre al maromo encamado con la hija- ella, Ginny, tardaría sólo una duda en apuntarse a la fiesta sexual del lecho. En el universo pornográfico no hay celos, ni reproches, y cualquier situación sirve de excusa para despelotarse y pasar un buen rato. Todo se perdona y se olvida tras una buena corrida. El paraíso sexual de los bonobos... Mom teachs daughter, y cosas así, que se ven por esos mundos. Pero Wonder Wheel, ay, es una película de Woody Allen –esperemos que no la última- y además del Woody Allen más desgarrado y pesimista, a medio camino entre Ingmar Bergman y Tennessee Williams, y aquí los sentimientos pesan como losas, y queman como fuegos, y raptan las voluntades para hacerlas mezquinas y vengativas. El mono que bajó del árbol, que lo jodió todo.



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