Perfectos desconocidos

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El que esté libre de pecado que saque el primer teléfono móvil y lo muestre sin tapujos. A pantalla descubierta. A ver quién tiene cojones. U ovarios. Ése es el desafío que aceptan los siete comensales de Perfectos desconocidos. Poner los teléfonos sobre la mesa y contestar las llamadas y los mensajes que vayan surgiendo con el altavoz puesto y los textos a la vista. Un juego más divertido que el Scattergories, o que el intercambio de parejas, para amenizar la velada de quienes ya se conocen –o creían conocerse- al dedillo. Pero mucho más peligroso. Porque de las discusiones del Scattergories se sale indemne, y del intercambio de parejas, una vez aceptado, ya no se puede decir ni pío, pero de la exhibición pública del teléfono pueden salir vientos y tempestades como de la caja de Pandora. Rayos que parten en dos los corazones entrelazados.



    Este juego de los perfectos desconocidos, o de los imperfectos conocidos, no es apto para sepulcros blanqueados. Y nuestros teléfonos móviles son, en verdad, sepulcros blanqueados. Tan puliditos por fuera como vergonzantes por dentro. Por eso cada aplicación trae su veneno y su antídoto, su perdición y su remedio. Su mancha y su detergente. El teléfono móvil se ha convertido en el receptáculo de nuestra alma, impura y contradictoria, y por eso el cacharro pesa 21 gramos más de lo que anuncian en los folletos. Los secretos que antes llevábamos en el cuerpo ahora los llevamos en el adminículo, como una memoria externa. Como un disco duro en el que hemos hecho copia de nuestro yo inconfesable.

    Allí, en las entrañas del aparato, en la lista de contactos, hemos creado un pandemónium de gentes que en la vida real se odian entre sí, que no quieren saber nada la una de la otra. Que a veces ni siquiera sospechan de la otra existencia. Y en ese juego de malabarismos y disimulos, de componendas y traiciones, perdemos el oremus. Allí, en la lata de sardinas, apiñados contra natura, moran la esposa y la amante, la suegra y la nuera, el facha y el rojo. El hijo reconocido y el hijo secreto. El amor y el examor. Y el desamor... El amigo que nos envía enlaces para aumentar nuestro conocimiento y el amigo que cada mañana, a la hora del desayuno, nos envía una tía en bolas para darnos los buenos días.


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