Júlia ist

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Las becas Erasmus no se crearon para fomentar el intercambio cultural, sino el intercambio genético. El proyecto Erasmus es una eugenesia ideada en los laboratorios de la UE para que los universitarios se mezclen entre sí, en el crisol de los pisos y las residencias, y mejoren la raza decadente que habita este continente destinado a ser una reliquia de la Historia. Los chavales, claro está, no son nada tontos, y toman sus precauciones cuando se lanzan al fornicio, y sólo uno de cada 100 polvos transfronterizos termina con el nacimiento de un Nuevo Bebé Europeo que surca los cielos como aquel flotaba y sonreía en 2001, la odisea del espacio. Pero esos bebés accidentales son el chocolate del loro en el Gran Designio Fornicador. Lo que importa realmente es que la juventud se vaya conociendo, aprenda idiomas, rompa barreras, acepte otros tonos de piel para hacer que su vida sexual sea más rica y estimulante. Y genéticamente fructífera, cuando llegue el día de mañana. Que nórdicos y mediterráneos, católicos y ortodoxos, cerveceros y vinícolas, arríen sus banderas nacionales y las conviertan en sábanas de cama y en cobertores de sus excesos.



    Todo lo demás, en las becas Erasmus, es discurso y excusa. Pomposidad académica. Si en los campos de fútbol, en la grada animosa, se grita que hemos venido a emborracharnos y el resultado nos da igual, los becados europeos podrían cantar que ellos han venido a follar y el currículum también se la sopla. Como le sucede a esta chica de la película, Júlia, la de Júlia Ist, que se afinca en Berlín con la noble intención de estudiar arquitectura, mejorar su nivel de alemán y permanecer fiel a su novio de toda la vida, que se queda en Barcelona con cara de panoli. El afán de Júlia es noble y sincero, pero la beca Erasmus tiene un poder maligno sobre las voluntades de los jovenzuelos, y a las pocas semanas de vida berlinesa, Júlia ya se habrá quitado las gafas que le hacían parecer una empollona retraída. Y así, como despojada de un objeto maldito, de una carga óptica que pertenecía a su vida provinciana, Júlia aparcará los libros de arquitectura para aprobar con éxito otras asignaturas más apremiantes de la juventud, y de la vida, y de la esencia de la europeidad: las raves alcohólicas, las noches de marcha, los novios multiculturales que son mucho más guapos y mucho más excitantes que el pobre Jordi, el mentecato que ya sólo aparece de vez en cuando por el Skype maldiciendo su suerte, tratando de reconocer en esa Júlia descocada y desgafada a la chica modosita y formal que una vez fue su novia en Barcelona.



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