Escondidos en Brujas

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Al genio de la lámpara maravillosa yo le pediría dinero para dejar de trabajar, tiempo para dedicar a la lectura, y presteza en la lengua para desarmar a mis interlocutores. Soltar, en el momento preciso, cuando hay que defenderse, o pavonearse, o devolver la pelota de un derechazo, esa ocurrencia cojonuda, venida al pelo, que siempre nos asalta diez minutos después, o a la mañana siguiente, o en la puta vida. Esa lucidez súbita que era mejor no haber encendido, pues pocas cosas dan más rabia que la inteligencia retardada, que la brillantez innecesaria.



    Yo, en definitiva, le pediría al genio improbable renacer de mis cenizas, y regresar a la vida convertido en un personaje de película. El guión hecho carne de algún demiurgo. Ser, en todo caso, ya que no creo en las divinidades, ni en las de Bagdad ni en las de Roma, un personaje escrito por –vamos a poner un ejemplo- Martin McDonagh. Un tipo que naciera de la transustanciación de sus guiones impecables. Papel hecho carne, y palabras hechas pensamiento. Como la Ruby Sparks que soñaba el tontaina de Calvin, o  el Will Ferrell que escribía Emma Thompson en Más extraño que la ficción. Ser un tío de película, stricto sensu. Perdido en Brujas, o en cualquier otro lugar con encanto. Eso da igual. Tener gracia cuando hay que tenerla: ni la humorada del cafre ni la tontería del sinsustancia. Presentarse ante una mujer hermosa con la excusa perfecta, el rollo preparado, la réplica seductora. No dejarle escapatoria hasta que me conceda el primer beso. Hablarle al amigo con palabras muy escogidas que al mismo tiempo lo respeten y lo hagan despertar de su letargo, o de su equivocación. Ser exquisito con esas cosas. Decirle al jefe que sí, que lo que él mande, más todavía si es un hampón como el que interpreta Ralph Fiennes, que ni parpadea cuando le subleva la furia vengativa. Pero acatar sus mandatos con un verbo que preserve nuestra dignidad, y nuestra nobleza. No es nada fácil. Maldecir la miseria de vivir cuando toca, con palabras destempladas y tristes. Cagarse en la mala suerte, y en el infortunio prescrito, y en el aburrimiento de permanecer escondidos en Brujas, si ésa fuera la condena. Pero también, si la suerte cambia, si el viento nos favorece, cantarle a la alegría de vivir con un discurso que nos anime en el esfuerzo.


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