El silencio de los corderos

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No sé si a los demás también les pasaba esto en su juventud, pero yo, cuando terminaba de ver una película, me levantaba de la butaca y empezaba imitar al personaje que me había seducido o impactado. Desde el malogrado Bobafet, e incluso antes... Llevado por la tontuna me ponía a copiar andares, a repetir frases, a adoptar tonos de voz. Como Bob Brydon y Steve Coogan en las películas viajeras de Michael Winterbottom, pero con mucha menos gracia. Un siroco lamentable que nunca anunciaban los telediarios. Si la película terminaba poco antes de ir a dormir, la tontería sólo duraba el rato de las abluciones, de los últimos rituales, y se diluía en el sueño adoptando disfraces oníricos. Pero si la película había sido de sesión vespertina, el demonio me poseía para toda la jornada, y no había exorcismo que pudiera expulsarlo de mis esquizofrénicas entrañas.



    Todos ellos terminaban yéndose, por supuesto, diluidos en el yo mismo que al final los limpiaba con lejía y aguarrás. “El poder de mi cordura te obliga, el poder de mi cordura te obliga...” Al final, tras el rapto y la suplantación, siempre prevalecía el Álvaro Rodríguez de gesto contenido y verbo grisáceo. Yo mismo con mi mismidad. El tipo que por fin recuperaba la compostura y se aclaraba la voz, y corregía los andares. Pero todos los demonios que me poseyeron dejan algo en mi interior. Una semilla de maldad que todavía hoy, de vez en cuando, germina en forma de gesto o de palabra. En realidad yo soy legión, como decía el otro, y todo mi repertorio de chistes, de ocurrencias, de frases hechas, ha salido de alguna ficción vista en la pantalla. No soy un producto original. Estoy hecho de ladrillos manufacturados. Un guión de corta y pega. Un monstruo de Frankenstein escrito con miles de verborreas recosidas.

    Viendo hoy por enésima vez El silencio de los corderos, me he dado cuenta de que tengo mucho material salido de Hannibal Lecter. Más del que yo recordaba. Su espíritu burlón me poseyó en su día con la fuerza de diez Pazuzus del desierto. Es que era muy hipnótico, el hijoputa, y yo, en mi lozana juventud, un tipo muy impresionable. Yo soy de los que dice quid pro quo –que encima digo mal, o acentúo mal- cuando propongo un intercambio de confidencias con la pareja. De los que susurra “fly, fly, fly…” cuando quiero que el pesado de turno se vaya por donde entró. De los que siempre pide “un buen Chianti” para hacer la broma tonta en las tabernas de los pueblos –nadie la entiende, por supuesto. De los que piropea a las mujeres –pobrecicas, no sé cómo me soportan- diciendo aquello de que el mundo es más interesante con ellas dentro. De los que recomienda leer a Marco Aurelio cuando alguien se embrolla en sus razonamientos y no sigue la obvia línea de la simplicidad. Sí: soy de esos. De los de Marco Aurelio. De esos irritantes. De esos insoportables.



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