El show de Truman

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La primera vez que ves El show de Truman sólo estás pendiente, lógicamente, de las andanzas y malandanzas de Truman Burbank. Jim Carrey monopoliza la película y uno está que se come las uñas con su despertar del engaño y su fuga hacia Mundo Exterior donde le espera Natascha McElhone vestida con el traje sucinto de las fiyianas. Que ya quisiera uno pasar unos cuantos años en la inopia vital, vigilado por un dios con boina muy diferente al de los catecismos, si la compensación es que luego, ya unidos para siempre, Natascha te dedique danzas melanesias al calor de las fogatas...




    Hoy que he vuelto a ver El show de Truman con el desenlace sabido y la moraleja digerida, me ha dado por pensar en los otros personajes que viven atrapados con él en Seahaven Island.  Porque si Truman es un prisionero de la vida, ellos, los actores y actrices que se dedican a engañarle,  son unos prisioneros del trabajo, y pasan casi tanto tiempo como él bajo la bóveda del gran estudio de Christof.
    Puede que la mujer de Truman no sea su mujer de verdad, sino una actriz que a veces parlotea incoherencias publicitarias mirando al infinito, pero en realidad también se pasa todo el día allí, esclavizada, fingiendo un matrimonio que tal vez empieza a traspasarle la piel. Supongo que por el día, mientras Truman va repartiendo sonrisas y pólizas de seguro, unos empleados del show adecentan su casa y bajan al supermercado, y Meryl Burbank aprovecha el asueto para volver a ser Hannah Gill y refugiarse por unas horas en su casa verdadera, seguramente a pocas millas del trabajo por si a Truman le da la ventolera, y convivir unas pocas horas con el señor Gill y sus hijos semiabandonados. ¿Qué pensará de todo esto, me pregunto, el señor Gill, un tipo que lleva años viviendo un vis a vis carcelario y que ve a su esposa en la tele todos los días no fingiendo el amor como una actriz profesional, sino haciéndolo de verdad como una actriz porno, aunque sea protegida por una cortinilla televisiva, por un fundido en negro con acompañamiento musical, cuando se entrega al débito conyugal para que Truman siga sin coscarse del gran negocio que se mueve a su costa?   





    ¿Qué pensará de todo esto la mujer verdadera de Marlon, el tipo entrañable, el amigo del alma, el borrachín que nunca suelta el pack de seis latas para presentarse al lado de Truman en las duras y en las maduras? Ese tipo que siempre está cuando Truman necesita un apoyo, o una juerga, o un lavado de cerebro. Un tipo omnipresente al que los productores reclaman a cualquier hora cuando saltan las alarmas de Truman mosqueado, de Truman que reflexiona, de Truman que casi muere aplastado por un foco que se desprendió. Un tipo que también lleva una vida verdadera fuera de Seahaven, pero sólo durante unas horas al día, sin sábados ni domingos, tal vez sólo las vacaciones de verano, quince días al año, cuando le dice a Truman que está de viaje en Singapur y en realidad sólo está tres kilómetros más allá, al otro lado del decorado, descansando con otra familia, en otro pueblo, con otros amigos más verdaderos. O quizá menos, quién sabe, porque el roce hace el cariño, y la amistad, y Marlon lleva atrapado en Seahaven la hostia de años, y lo mismo él que la señora Gill ya no saben a ciencia cierta cuál es su vida real y cuál la que fingen con profesional esmero.




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