El instante más oscuro

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A Winston Churchill le caían bien los fascistas. No es un dato desconocido, de top secret para arriba, que haya que buscar en la Deep Web. Figura en todas las biografías consultadas del personaje. Una pequeña incongruencia -ups- que nadie menciona en este panegírico sonrojante que es El instante más oscuro. Lo que hace Winston Churchill, en realidad, envuelto en soflamas y en poses de gran estadista ciceroniano -con esa música estomagante que lo acompaña todo el metraje- es enjaular al monstruo que él mismo había contribuido a crear. Un perro agresivo que al principio iba con correa para meter en vereda a los rojos que protestaban, pero que luego terminó campando a sus anchas para conquistar media Europa y asesinar a la otra media.  




    A Churchill le gustaba mucho la democracia, sí, pero la democracia controlada, como Dios manda, sin rojos que dieran por el culo con los derechos laborales. Los pobres a trabajar, y los aristócratas, como él, a mandar. El orden natural de las cosas. Y los rojos, en el período de entreguerras, entre la hambruna y la inflación, las ruinas y el ejemplo de Moscú, andaban muy revueltos con sus banderas al viento y sus huelgas generales. Querían salud pública, los muy jodidos, y sueldos más dignos, y días de descanso, y vacaciones en verano, y que los niños fueran al colegio en lugar de bajar al tajo… Hay que ser rojos de mierda. Al principio, los demócratas de toda la vida como Winston les enviaban a la policía, o al ejército, a pegar cuatro tiros al aire y un par de ellos a las piernas, o al bulto, para acojonar un poco más al personal. A ver si se callaban de una vez. Pero la obrerada no se amilanaba, y además quedaba muy mal en los noticieros, lo de enviar a la fuerza pública contra manifestantes mal vestidos y mal afeitados. Así que la burguesía contrató a un ejército clandestino de matones que se ocupó de poner orden en las fábricas. Los financiaron, los mimaron, los protegieron, y un buen día, democráticamente, se los encontraron ocupando los escaños reservados. Libres ya de sus dueños. Emancipados. Y pirados de remate. Envalentonados y armados hasta los dientes. Un ejército de asesinos que hizo su calentamiento militar en la Guerra Civil española. Ésa en la que Winston Churchill mostró su simpatía por los generales sublevados, tan fascistas como entrañables… Cuatro años después, tuvo que salvar a su ejército y a su pueblo de esos mismos mogwais transformados en gremlins asilvestrados. El instante más oscuro, sí, y también el más irónico.



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