The end of the f***ing world

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La adolescencia es el fin del puto mundo. En un sentido literal. De pronto, ante nosotros, tras el camino de baldosas amarillas, el mar. La montaña por escalar. El desierto que atravesar. The end of the fucking world. El túnel en la carretera. Y al otro lado, esperándonos con impaciencia, el yo que seremos. El que ya éramos en realidad, pero que vivía replegado, escondido, como el Alien que se ocultaba entre las tuberías de la nave. La infancia no es un camino de rosas, pero al menos uno duerme como eso, como un niño, a piernecilla suelta. Aún no sabemos que hemos nacido condenados por nuestro carácter, por nuestra herencia. Sufrimos contrariedades, reveses, pero el fuego de la certeza no nos tortura por dentro. Soñamos con ser astronautas, futbolistas, médicos de la hostia. Tipos interesantes, mujeres triunfantes. No conocemos nuestros límites. El voluntarismo chorra que nos sermonea todos los días –tú puedes, sólo es cuestión de proponérselo- es un razonamiento pueril, un vestigio de la etapa preescolar.



    De pronto, un día, con doce o trece años, te levantas con un retortijón en el estómago, con una nube de lluvia suspendida sobre la cabeza. Los vellos incipientes ya anunciaban esta conversión en cucaracha autoconsciente. Toda la vida soñando con ser más mayor, como el hermano, como el abusón del colegio, y de pronto sientes esa punzada, ese dolor. La certeza exacta de saber quién eres. Un susto del copón. La asfixia de percibir los límites, los defectos, las incapacidades, como los tres malvados atrapados en el plexiglás de Superman II. Y sí: también ciertos virtuosismos, ciertas habilidades, que de todos modos nunca van a compensarnos. El golpe de conciencia es muy doloroso. Como volver a nacer, pero dándose cuenta de todo. No es cierto que la adolescencia sea el tiempo de la duda, de la indefinición. Del construirse. Es un tópico literario, cinematográfico. Nacemos sentenciados, y la pubertad sólo dura un segundo de brutal revelación. El resto sólo es literatura, y pajas. Basta un revés amoroso, un fracaso escolar, para comprenderlo de un solo chispazo de la inteligencia. Lo que pasa es que unos lo asimilan a la primera y otros prefieren rebelarse contra el destino, para terminar derrotados.



    En ese sentido, los dos chavales de The end of the f***ucking world son un tópico ambulante. Dos rebeldes sin causa. Dos estereotipos. Por muy psicópata que presuma ser él, y por muy destroyer que presuma ser ella. Alyssa y James se fugan de casa, roban, asesinan, se dan a la supervivencia, pero en el fondo todavía son unos niños. Unos adolescentes de maduración tardía. Los más retrasados de su instituto, ellos que presumen de darles mil vueltas a los demás. Si con diecisiete años aún no sabes quién eres, es que vas muy corto de vista, o  te estás engañando a ti mismo. Aunque vayas de listo, de rompedor, de diferente. De hipermaduro. Uno es, casi siempre, lo que parece.

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