El sacrificio de un ciervo sagrado

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Las decisiones, en la trama de una película, tienen que tomarlas los propios personajes, no el director de la función. Y da igual lo improbable que sea el planteamiento inicial. La magia del cine suspende los límites de la credulidad. Un rótulo basta para trasladarnos millones de años en el tiempo a una galaxia muy lejana. Basta un solo chiste para saber que al lado del portal de Belén nació otro niño más terrenal llamado Brian. Son personajes imposibles, o improbables, pero una vez nacidos, puestos en movimiento, tienen que conducirse con la lógica interna de sus intenciones. No pueden tomar decisiones caprichosas ni erráticas a menos que en el guión quede explícito que se drogan, o que están trastornados, o que pertenecen a una especie del género homo que disimula muy mal sus limitaciones. Si, en ausencia de coartadas, los personajes toman medidas absurdas e incluso risibles, deducimos que es el director quien hace tonterías con ellos, como un niño jugando con sus Madelman, y que le importa más llegar a ciertos sitios que explicarnos cómo se llega a ellos.




    Yo, en realidad, después de haber padecido los efectos neurológicos de Langosta, había jurado no volver a ver una película de Yorgos Lanthimos. Pero los astros se han confabulado en la tarde plomiza de febrero, y sin darme cuenta me he visto atrapado en la historia demencial de la familia Murphy y del tarado muchacho que los acosa. Hace varios años, en la mesa de operaciones, el padre de Martin murió bajo los auspicios del doctor Murphy, y ahora busca la venganza terrible del adolescente atormentado. Y algo autista. El chaval lanza sobre los Murphy algo parecido a un mal de ojo, a una profecía bíblica, a una maldición griega caída del Olimpo. No se sabe muy bien. Nunca llega a conocerse el origen de su superpoder. Del mismo modo, nunca llega a entenderse el motivo de que sus víctimas se comporten como se comportan. Terminas rascándote la cabeza, hurgándote la nariz, abriendo las palmas de las manos pidiendo explicaciones al demiurgo... La red, al parecer, está llena de cinéfilos que sí han comprendido a Yorgos Lanthimos. Lo sobrenatural haciendo dudar al ingenuo racionalista. La metafísica dándole un zasca a la ciencia. Está muy de moda esta actitud neomística. En esos blogs hallarán ustedes todas las respuestas. Aquí sólo hay perplejidad y cortedad mental. Tal vez, con suerte, también encuentren al ciervo del título. Yo, al menos, no lo he visto. Cuánto me acuerdo de Ignatius Farray y su loca teoría.



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