Black Mirror: Metalhead

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Existe un subgénero cinematográfico que rara vez defrauda: el de la humanidad que ha sobrevivido al apocalipsis vírico o nuclear y se las apaña para ir sorteando los días buscando agua y alimentos. O gasolina. O un teléfono que funcione para contactar con otros seres humanos. Las tramas siempre son muy agradecidas, de hombres y mujeres transformados en bestias que sólo buscan salvar el pellejo o el pellejo de los suyos. La humanidad al límite de la ética. Qué cojones importa la ética cuando hay que disputarse un mendrugo de pan o una fuente de agua. Los monos de 2001 regresan de nuevo para blandir el hueso de los mamporros. Una elipsis temporal de cuatro millones de años que nos devuelve a la sabana de los primitivos.  Paisajes lunares, desérticos, cenicientos, de coches tirados en las cunetas o de cadáveres putrefactos en  los campos. Siempre hay un matrimonio que se ha suicidado en el lecho conyugal -a menudo de un tiro de escopeta- cuando el protagonista entra en una casa buscando medicinas o huyendo de los malos. El silencio de la naturaleza que ya sólo rompen los animales, o los vientos, o las últimas hogueras, cuando antes todo era una cacofonía de señores que se las daban de muy importantes, de señoras que parloteaban incesantemente de lo suyo. Quizá es eso: la paz que deja tras de sí la humanidad devastada, la que hace que estas películas, o estos episodios para la televisión, tengan un atractivo tan morboso para el misántropo vocacional. El que se fue a vivir al campo para no ver a nadie más allá de las ventanas. Sólo el vecindario imprescindible, y el frutero con la furgoneta, y el cartero que trae los pedidos de internet.



Metalhead es el quinto episodio de la cuarta temporada de Black Mirror. Pero no es muy Black Mirror que digamos. Es como un estrambote, como un capricho musical. Hay un futuro distópico, sí, del hombre –de la mujer más bien- enfrentada a la fiereza tecnológica de un perro asesino que no conoce el descanso. Un bicho tan pesado como Tomy Lee Jones en El fugitivo al que las baterías solares tienen todo el rato en danza. Implacable como un Terminator perruno. No hay mucho más en el episodio. Unos humanos que han superado el apocalipsis buscan algo muy valioso en un almacén. El cyborg canino los destroza como un segurata enrabietado, y sale en persecución de la única superviviente por valles y montañas, bosques y parajes. Y sí: hay un matrimonio suicidado en la casa donde ella se refugia. Pero en cambio no hay moralejas, enjundias, reflexiones blackmirronianas sobre dónde vamos a parar con tanta tecnología y tanto gadget que nos acogota. Que es, realmente, lo que nos mola de esta serie. Lo que la hace tan especial. Está muy entretenido, Metalhedad, pero no se entiende muy bien su presencia. Te quedas como estabas.



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